LA TOLERANCIA.
I.
I.
I.
Debo hablar de una cosa que he omitido hasta aquí, para dedicarle un capítulo aparte, pues es de gran importancia en la vida de la mujer.
Esta es la tolerancia, que algunos confunden con la indulgencia, y que es, en efecto, muy semejante á esta plácida y encantadora virtud.
No es tan bella, sin embargo; pero es en cierto modo más útil y más necesaria.
La tolerancia tiene límites más estrechos que la indulgencia, y rara vez degenera, como ésta, en una perjudicial debilidad.
La falta de tolerancia absoluta puede traer graves disgustos, y áun grandes desastres; una mujer que se queja á su marido de la falta de respeto de otro hombre, le expone á un lance desagradable siempre; terrible muchas veces.
¡Cuántos sinsabores evita en situaciones semejantes un poco de tolerancia!
II.
II.
II.
En sociedad se puede dar á conocer de mil maneras corteses cuando alguna cosa nos desagrada, y esto sin que sea necesario para lograrlo el estar dotada una mujer de un talento sobresaliente, bastando tener buena educacion. Una palabra dicha sin acritud, pero con entereza, un silencio digno, y á veces una sonrisa fria, bastan para cortar las franquezas imprudentes, las palabras atrevidas, las críticas descorteses.
Sin embargo, áun en el caso de que el resentimiento sea justo, la mujer debe evitar todo lo posible el descomponerse con la cólera.
En todas las ocasiones de la vida--ha dicho Jules Janin en uno de sus más bellos artículos--la calma y la sangre fria es el medio mejor de dominar las dificultades, y esto debe entenderse lo mismo colectiva que individualmente, lo mismo tratándose de una que de muchas personas.
Hay muchas veces que es una prueba de talento y de dignidad el hacer como que no se ven los insultos que la mala voluntad y la envidia quieren hacernos, porque se da á conocer que nos hallamos demasiado altos para reparar en semejantes miserias, ó para darnos por enojados de ellas.
Si la malevolencia desea molestarnos ó hacernos sufrir, ¿qué mayor triunfo podemos concederle que el logro de sus deseos? ¿Ni qué mayor mortificacion que el ver que no nos llegan sus tiros envenenados, sus injustos ataques, y á veces hasta las calumnias de la envidia, que siempre es el orígen de todo insulto?
Á propósito de esto, y para que el ejemplo siga á los preceptos, referiré un caso que presencié no hace mucho tiempo.
Una señora de mucho mérito, por su juventud, su belleza y su elevada posicion social, frecuentaba una casa que no debiera haber frecuentado, por la razon de que no se la estimaba en ella segun se merecia.
Por una extraña obececacion de la persona que la ocupaba como dueña absoluta, ó tal vez por una envidia tan grande que no alcanzaba á ocultarse bajo el tupido velo de las conveniencias sociales, esta señora, léjos de profesar amistad á la que llamaba su amiga, la detestaba profundamente, y no era, por cierto, de extrañar, si se examinan los motivos que para ello tenía.
La señora de Z. era más jóven, más bonita y más rica que su envidiosa amiga.
--¿Por qué iba, pues, á casa de ésta? se me preguntará.
El motivo era bien sencillo: amigas desde la infancia, aquella jóven, hermosa y llena de mil bellas cualidades, amaba á la señora de T...., que tenía muy malos instintos: pero como para que haya malos ha de haber buenos, ésta era, sin duda, la causa de que no se rompiesen los lazos de aquella amistad tan tierna y sincera por una parte, tan falsa y mentida por la otra.
--¿Cómo haré yo para echar de casa á esta insoportable mujer? preguntaba un dia la señora de T. á uno de sus más asiduos visitantes.
--¡Insoportable! repuso éste muy admirado; ¿llama usted insoportable á esa mujer angelical?
--Justamente; la llamo insoportable, porque para mí lo es.
--Pero ¿por qué causa? ¿En qué ha podido ofender á usted? ¡Ella es tan buena, tan dulce, tan amable!...
--¡Por favor, caballero, basta de elogios! exclamó la dama muy apurada: ya sé todo lo que es; pero áun sé mejor que no la quiero en mi casa, y para que no vuelva, estoy discurriendo un medio que no me es dado encontrar.
--Pues hay uno muy fácil, respondió él.
--¿Uno muy fácil? ¿Cuál es?
--Dentro de tres dias es su santo de usted.
--Es cierto.
--¿Y no suele V. tener algunos amigos de ambos sexos á comer?
--Sí; pero ¿qué conexion tiene?...
--¿No convida V. por esquelas?
--Sí.
--¡Pues bien! no envie V. esquela de convite á la señora de Z.
--¡Oh! ¡pero eso es una grosería espantosa! exclamó con repugnancia la señora de T....; hace más de veinte años que ese dia come en mi casa.
--Pero ¿no dice V. que desea librarse de su amistad?
--¡Sí!
--Entónces, ¿á qué tener consideraciones con una persona á la cual se aborrece? Para romper para siempre unas relaciones es lo mejor ese golpe; ¡no hay cuidado de que se puedan volver á reanudar!
--Lo pensaré, dijo la señora de T....; pero confieso que me cuesta trabajo.
Su consejero no se tomó la pena de responderle, y salió de allí maldiciendo á la envidia y á los envidiosos.
III.
III.
III.
Sin vacilar un instante, encaminó sus pasos á casa de la mujer á quien habia tratado, con sus consejos, de excluir del convite; porque hay personas en la sociedad que se nutren de chismes y miserias, como otras se nutren de obras buenas y elevadas.
Halló á la bella señora de Z. sola en su gabinete y leyendo; sentóse, y despues de algunas lisonjas vulgares, entró de lleno en la cuestion.
--He tenido un mal rato, dijo con aire triste.
--¿Un mal rato? preguntó la jóven; ¿por qué, amigo mio?
--Porque he oido hablar de V. con mucha injusticia.
--¿De mí?
--De V., sí, señora.
El buen amigo se calló, esperando esta pregunta tan natural:
--¿Y quién habla mal de mí?
Pero se engañó: su interlocutora se encogió de hombros y cambió de conversacion.
--¡Cómo! exclamó él; ¿no le importa á V. que la critiquen, que la murmuren?
--No por cierto, amigo mio, porque lo hacen sin razon.
--¿Y eso qué importa, si lo hacen?
--Dejarlos; las calumnias caen siempre por su base.
--¡Pero V. tiene enemigos!
--No lo creo: no puedo creerlo.
--¿Ni porque se lo diga yo?
--Creo más bien que V. se engaña.
--¡Pero si estoy seguro de ello! exclamó el oficioso exasperado; ¡usted verá cómo le hacen un desaire que no se espera!
--¡Un desaire! ¡A mí!
--¿Quiere V. que le diga cuál?
--No, amigo mio, respondió la señora de Z.; jamas me ha gustado sentir males anticipados; ellos vienen sin que se puedan evitar: así, pues, esperaré esa ofensa, que su extremado celo me anuncia, con calma, sin impaciencia ninguna porque llegue.
Y aquí la jóven cambió de conversacion con una perfecta suavidad en la apariencia, pero en realidad con una voluntad tan firme que su visitante no pudo, por más esfuerzos que hizo, volverla á traer al terreno que deseaba.
La ofensa, sin embargo, no se hizo esperar.
Ajena la señora de Z. á lo que pasaba en el corazon de su amiga y á los pérfidos consejos que le daban los envidiosos, preparó un traje conveniente para el dia del santo de aquélla y esperó, no sólo la invitacion general, sino tambien la visita particular y amistosa de la señora de T....; pero fué en vano; no recibió ni invitacion ni visita.
Este golpe la hirió profundamente, tanto por lo que tocaba á su corazon, cuanto por lo que tocaba á su amor propio; lloró mucho aquel dia: pero á las nueve de la noche se vistió con su buen gusto acostumbrado, y se dirigió á casa de su amiga, á cuya tertulia iba todas las noches.
IV.
IV.
IV.
Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risueña, se quedaron admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi todos se alegraban de ella.
Pero la que enrojeció de confusion, fué su amiga: habia pensado que el resentimiento alejaria para siempre de su lado á la que habia ofendido, y que no tendria que soportar el tormento y la vergüenza de verla despues de su ofensa: porque habeis de saber, lectoras mias, que para una persona que áun conserva sentimientos de delicadeza y dignidad, no hay tormento comparable al de tener que soportar la presencia de una persona á quien voluntariamente ha ofendido.
La señora de Z. se fué derecha al sillon que ocupaba su amiga, le tomó cariñosamente la mano y le preguntóqué tal habia pasado el dia: aquélla balbuceó algunas palabras desacordes, y luégo empezó á excusarse con mucha confusion de no haberla convidado á comer.
--Y eso ¿qué tiene de particular, querida mia? respondió jovialmente y bastante alto para ser oida la jóven; cada uno es dueño de tener á su mesa las personas que sean más de su gusto; yo tampoco hubiera podido venir, porque tenía hoy muchas ocupaciones.
Á la primera ocasion que se presentó, no faltó quien se fuera á sentar al lado de la señora de Z. y se lamentase traidoramente de la ingratitud de su amiga para con ella; pero aunque sufria cruelmente, tuvo bastante fortaleza en el alma para disculpar cariñosamente á su amiga y conservar la sonrisa en los labios.
Sin embargo no era aquella mujer capaz de imponer su amistad á la fuerza, porque tenía el convencimiento de lo que valia: dos dias despues pretextó, para no asistir á la tertulia, una ligera indisposicion; luégo fué otra noche al teatro, despues dijo que dedicaba una noche á la semana á arreglar ciertos papeles, sola en su casa, y que otra la destinaba para ir á la ópera: por fin, dejó de ir del todo y rompió el último hilo de aquel lazo que ella habia ayudado á anudar con tanto amor, y que habia querido ahogarla, en recompensa de sus sacrificios.
Todos conocieron y apreciaron la dignidad y el valor de aquella mujer, y la envidia comprendió que no se la podia herir impunemente; su ingrata amiga lamentó eternamente la pérdida de su amistad, como una desgracia irremediable, conociendo que la herida que habia abierto no tenía cura.
Si hubiera ido á casa de su amiga, á llenarla de dicterios; si le hubiera escrito una carta insolente, ó bien si hubiera desaparecido de aquella casa sin volver más, hubiera dejado al insulto y á la envidia triunfantes.
Su venganza fué digna y generosa, y elevó mucho más el pedestal de la consideracion que se la profesaba.
V.
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La dureza es bastante comun con los criados, y yo creo que es comprender muy poco sus intereses el regañar de contínuo á las personas que están á nuestro servicio.
Una señora que reconviene á voces á sus criadas, se iguala con ellas, porque es sabido que esa clase de gentes sin educacion hablan siempre en el diapason más alto que pueden: ademas, los criados, cuando se ven ultrajados, ó lo están á su parecer, no escuchan en silencio las reconvenciones, altercan olvidando todo respeto y toda consideracion, y muchas veces se despiden por venganza y por el gusto de dejar al cuidado de la señora todos los pormenores del servicio doméstico.
Un poco de tolerancia en todas las cosas de la vida, un poco de paciencia y de abnegacion, ó á lo ménos de cortesía, nos evita muchas incomodidades, y áun á veces muy graves disgustos: la amistad sobre todo, es un cambio recíproco de sacrificios de amor propio, y de deferencias cariñosas.
Donde no hay tolerancia, es imposible que haya amistad, y casi pudiera decirse lo mismo del amor: cada uno ha de disimular los defectos del otro, para que á su vez le disimulen los suyos propios.
Muchas veces se ven reunidas en una misma persona grandes virtudes y grandes defectos; en estos casos, es lo más regular y positivo que las virtudes estén ocultas y los defectos en relieve; pero entónces es preciso buscar el grano de oro á traves de la tosca tierra, y decir como el filósofo:
«El oro, aunque sea entre escombros, siempre es oro.»
Si se carece absolutamente de tolerancia, es preciso al ménos aparentar que se tiene.
Nada ganaríamos con decir á nuestra mejor amiga:
--¡Qué habladora es V.! ó bien:--¡Cuánto me fastidian sus largas visitas! ¡Qué mal se peina! ¡Qué mal gusto tiene para vestir!
Estas imprudentes franquezas, esta expresion de la intolerancia, ofende siempre, hiere el amor propio del que es objeto de ella, y á veces convierte una amistad antigua y sincera en un ódio mortal y eterno.