LA FE.
I.
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I.
Si hay alguna cosa que disculpe en la mujer el atrevimiento de escribir para el público, es sin duda la buena intencion con que debe hacerlo.
Y no creais, lectoras mias, que yo considero una culpa en mi sexo el dedicarse á las tareas literarias: si abrigase esta persuasion, no escribiria.
Vale más, á mi modo de ver, llevar la frente erguida, aunque desnuda de coronas, que inclinada con sonrojo, aunque ceñida de laureles.
La mujer cuando escribe debe hacerlo guiada por una buena intencion, no para disculpar una falta, sino para excusar un atrevimiento; que tal considero el exponer al público los sentimientos del alma.
Yo soy la primera en conceder que la mujer debe concretar su talento y su poesía al cuidado de su casa y al embellecimiento de la existencia de su esposo y de sus hijos.
Pero si nace alguna con tan rico caudal de imaginacion y actividad que le sobre aún despues de emplear el que requiere el cumplimiento de sus deberes; si su corazon, demasiado amante, ó su imaginacion viva, ó su juventud, demasiado solitaria, necesitan mayor pasto que la generalidad, ¿por qué ha de privársele de un desahogo ó distraccion que á nadie ofende y que puede enseñar algo ó servir de algun consuelo á las demas mujeres?
Y no creais tampoco que la palabraenseñarencierra gigantescas y ridículas pretensiones; que muy provechosas lecciones puede dar una mujer sin más que tener corazon, á aquellas criaturas que le tienen dormido por su naturaleza, desgarrado por la desgracia ó endurecido por el desengaño.
Yo aspiro á probar si sé enseñar á creer en este artículo, porque creer es uno de los mayores beneficios de la vida.
Y no obstante, para enseñar á creer se requiere tan sólo no carecer de fe, de esa fe que tiene por morada una alma tierna y un corazon sano; se necesita haber sufrido y haber llorado, pues sólo en el dolor es cuando nuestro corazon busca un consuelo más elevado que los que podemos hallar en el mundo.
En la alegría olvidamos á Dios; el primer grito de nuestra pena es éste:
--¡Piedad, Dios mio!
II.
II.
II.
¡La fe! ¡Bendita sea!
Esta hermosa hija del cielo nos hace mucho bien para que no la acojamos con amor en nuestro corazon.
Sin ella no habria en el mundo sentimiento alguno bueno ni honrado, ni áun mundo habria.
La fe es el orígen del amor de los esposos; del cariño de los hermanos; de la pasion de los amantes; de la tierna simpatía á que damos el nombre de amistad.
La fe nos ofrece una vida de eterna ventura, y hasta alcanzarla nos da valor para sufrir las penas de este valle de lágrimas.
La fe ha llenado de santos mártires el cielo y de santas vírgenes los conventos del mundo.
La fe es la luz purísima que ilumina las almas; el rayo de sol que alumbra la noche tenebrosa de la duda.
III.
III.
III.
Hé aquí lo que dice Eugenio Pelletan en suProfesion de fe del sigloXIX:
«El hombre necesita creer, porque ha nacido inteligente; creer es el medio de ser para su espíritu; su espíritu vive únicamente creyendo, y ademas porque, habiendo nacido libre, tiene, en virtud de esta libertad, una parte de accion en su destino. Debe, pues, conocer, aunque sea en parte, ese destino para arreglar á él su conducta. De aquí la necesidad de una creencia. ¿Quién eres? ¿Por qué existes? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? Hé aquí el enigma que, desde Job á Prometeo y desde Prometeo hasta Fausto, la humanidad está contínuamente resolviendo.»
«¿Pero qué garantía tiene el hombre de poder encontrar su solucion? Una sola, podemos responder, y le basta; el deseo que tiene de hallarla. El afan de buscar no es en nuestra alma más que la anticipacion de la verdad. La soberana armonía no se engaña á sí misma: no ha dado la aspiracion á nuestra alma como el cebo de un engaño. Por todas partes donde ha puesto la sed, ha puesto al lado la fuente. ¿Quién puede admitir un momento que Dios señala la verdad al presentimiento para escondérsela á la razon? Entónces no sería Dios, sería su propio mentís. Habria encendido en nosotros un deseo que sería un suplicio; hubiera hecho de nuestro más sublime instinto, un infierno. Semejante hipótesis es impía, no merece ni áun la refutacion. Decirla es refutarla.»
Vosotros, los que afectais no creer en nada para correr desenfrenados de extravío en extravío; vosotros, los que no quereis dique alguno para vuestras pasiones; vosotros, seres á quienes el mundo llama en su culto lenguajedespreocupados, no podréis ménos de convenir en el fondo de vuestra alma, en que Eugenio Pelletan tiene razon; porque todos, hastiados de los vacíos goces de la vida, habréis buscadoun más alláen vuestro destino.
¿Qué os ha contestado entónces vuestra razon oscurecida por las nieblas de los goces materiales?
¿Qué os ha respondido vuestra conciencia, ese juez invisible, pero rígido y severo?
Es bien seguro que vuestra razon ofuscada y vuestra fuerte conciencia han batallado encarnizadas en el fondo mismo de vuestras almas; mas si ha quedado la victoria por la primera, si esa razon extraviada os ha dicho que no hay nada más allá de este mundo, ¿qué os queda?
¿Sois acaso felices con los goces que él os proporciona?
La grandeza de vuestro espíritu ¿no se abate hasta desear la muerte y elno ser?
¿No teme entónces vuestro cuerpo entrar en la tumba para volverse polvo?
¿No se empeña otra lucha nueva entre el espíritu y la materia; aquél anhelando dejar un mundo donde no cabe; ésta, aferrándose á un mundo que le halaga más que la nada del sepulcro?
¡Desdichados, que no teneis fe! ¡Vuestra breve y emponzoñada existencia sólo puede ser una cadena de dolores!
¿Quién os consuela cuando la muerte os arrebata el padre, la esposa ó el hijo?
¿Adónde volveis los ojos turbios de dolor?
¿A los que quedan? ¡Ay! ¡Estos han de morir tambien!
¿A sus sepulcros? Sus losas nada os dirán: ¡sólo guardan elocuentes frases para los ojos del alma!
Los que creen en su inmortalidad acuden á postrarse ante las tumbas, y ven en el rayo del sol ó de la luna, que va á quebrarse en ellas, el alma que amaron y que ha descendido del cielo, para que consuele la suya.
IV.
IV.
IV.
La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.
Las flores que brotan en la sepultura de un niño despiden para su madre un reflejo de la risa de aquella criatura, á quien tanto amó.
En su perfume cree aspirar el hálito del sér que voló desde su regazo al cielo.
Cree ver en su blancura la imágen de la frente purísima en que tantas veces apoyó sus labios.
Y el murmullo de los cipreses del cementerio es, á sus oidos, la voz de su hijo que canta dulcemente en su tumba.
El amor es la poesía de la religion: la fe es su beneficio.
Los pueblos más poéticos son los que más fe tienen: ved á los musulmanes adorando áAlá: á los indios llamando alGrande Espíritu; ved á las jóvenes del Missisipí colgando entre las ramas de los almendros en flor las cunas en que yacen los cadáveres de sus hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las flores.
Los más crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y Maximiliano Hercúleo, tenian fe en sus dioses, fe idólatra y fanática, pero grande y poderosa, pues alcanzaba á ahogar todos los instintos del hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y emperadores que sacrificaron á su fe hasta sus propios hijos.
¿A qué deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?
¿A quién rendís culto?
Los persas, que adoraban á un elefante y le servian de rodillas, son para mí más comprensibles que vosotros.
Los druidas, que consagraban sus vírgenes al culto de la luna, son más simpáticos á mi corazon.
Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de Belona, son más valerosas.
Los gentiles, que atribuian á Orfeo una lira divina, á Diana un amor contemplativo y melancólico, á Júpiter una justicia inmutable, y que esperaban en los campos Elíseos, tienen para mí un espíritu más elevado que vosotros.
Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.
Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis más allá que os compense los mezquinos placeres que os ofrece.
Gastais prematuramente el cuerpo en los desórdenes, y no veis en la celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con estrellas:¡Gloria!
Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo está animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.
El que dotó de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria y de ambicion; el que formó su corazon para el amor, es un sér grande y benéfico, y este sér, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al hombre: «¡Cree y espera en mí!»
V.
V.
V.
No hay más que un escudo para los golpes del infortunio: la fe.
Ved á la madre que pierde al hijo único que era todo su amor; vedla velar su agonía, cerrar sus ojos y depositarle en su sepulcro; la fe le presta resignacion y esperanza de encontrarle en un mundo más dichoso, para no separarse ya de él en toda la eternidad.
Ved á la hermosa jóven que encierra en un claustro, los dias más bellos de su juventud; la fe hace que desee otro esposo mejor que los que el mundo le ofrece.
Ved á la hermana de la caridad, ese tipo de la abnegacion y del heroismo; la fe la sostiene en sus fatigas y en sus penosos deberes: ¿quién, sino la fe, podia obligarla á sacrificar su existencia al alivio de la humanidad doliente?
No, no hay un solo sufrimiento, por hondo que sea, por incurable que parezca, que no sea sanado ó endulzado por la fe.
La prueba más eficaz que tenemos de lo que alcanza la fe, la que más debe convencer al que no se obstine en cerrar completamente los ojos del alma á la luz que pueda disipar las tinieblas que la oscurecen, á la reflexion que basta á enfrenar las pasiones que la emponzoñan: el más sublime ejemplo de la grandeza de nuestra religion, es el de la constancia que los primeros mártires del cristianismo han ofrecido á los siglos venideros.
Ahí teneis á Santa Ines, niña de trece años é hija de padres gentiles, convertidos por ella, que muere sonriendo, degollada bárbaramente á los piés del prefecto Tértulo.
Ahí teneis á Santa Cecilia, doncella de diez y seis abriles, ciega y mendiga, que espira á la primera vuelta de las ruedas del potro, sin angustias, sin dolores, y cantando dulcemente.
Ahí teneis á San Pancracio, jóven de diez y ocho años, que muere en el anfiteatro de Roma al clavarse en su garganta las garras de una pantera, y que deja la vida, sonriendo al tribuno Sebastian, que pronto debe tambien seguirle en el martirio.
Ahí teneis al mismo Sebastian, que espira oscuramente asaeteado, sin testigos, en el parque de Adónis.
Ahí teneis á la santa niña Emerenciana, que muere á pedradas, miéntras ora en las catacumbas.
Ahí teneis, en fin, á San Casiano, que rinde el postrer aliento á manos de sus discípulos en la misma escuela que regenta, y sin dejar escapar una queja, sin dejar de cantar las alabanzas del Eterno.
¿Quién, sino la fe, pudo dar tal fortaleza á los niños y á los ancianos?
¿Quién estancó el llanto de las madres?
¿Quién dió regocijo á los padres por la muerte de sus hijos?
Sólo ese sagrado fanal que alumbra los ojos del alma para que crea en otra vida mejor.
Sólo la fe obra tan admirables prodigios.
Sólo la fe pone dulces sonrisas en los labios de los que padecen.
VI.
VI.
VI.
La fe es tan consoladora como benéfica.
Ella nos hace confiar en todos cuantos nos rodean, nos hace ver en toda su grandeza el cariño de los padres, nos hace creer en la fidelidad, en la nobleza, en el amor, porque la fe está rodeada de una córte de hermosas criaturas, que se llamancreencias.
Estos seres tienen alas como los ángeles, y cuando hay algun mortal tan desgraciado que despide á la fe de su alma, la fe vuela al cielo seguida de sus aladas é inocentes compañeras.
Dios mismo, al bajar al mundo para hacerse hombre y morir por nosotros, trajo consigo á la fe.
Ella curó á los tullidos, dió vista á los ciegos, habla á los mudos y alimento á los hambrientos, y áun en nuestros dias pudiéramos ver muchos milagros operados por la fe.
La fe está siempre entre nosotros sin pedirnos recompensa, y á veces sin que la conozcamos.
La fe con que ama un hombre, triunfa casi siempre de la inconstancia de su amada.
La fe en el estudio, vence las dificultades que éste ofrece á una inteligencia limitada.
La fe en el talento, abre al que la abriga un porvenir más ó ménos lisonjero, más ó ménos lejano; pero siempre consolador.
La fe en la ciencia del médico, cura á muchos enfermos de sus dolencias.
Y hasta la fe en los principios políticos ha sido provechosa, pues si bien ha hecho infinitas víctimas, éstas han espirado con la sonrisa en los labios como los mártires del cristianismo, ó arrastran una vida de privaciones y destierro, pacientes y resignadas.
No despidais, pues, á la fe.
Los que no la abrigueis en vuestras almas, llamadla presurosos, porque no podeis elegir compañera más benéfica y generosa.
La negra discordia huye, bramando de furor, de la mansion que ocupa.
La desesperacion no hinca jamas su rabioso diente en el seno que la cobija, porque la fe le defiende valerosamente de sus ataques, y hasta acompaña al sepulcro al que la ama y la abriga.