LA IMPACIENCIA.

LA IMPACIENCIA.

I.

I.

I.

Dice no sé qué pensador profundo, que de casi todas nuestras desdichas debemos pedir perdon al cielo.

Lo que quiere decir, que de todas nuestras desdichas tenemos nosotros la culpa.

Esto parecerá aventurado y duro; y sin embargo, reflexionándolo bien, se ve que dicha afirmacion encierra una gran verdad.

Hay dos cosas que se pagan caras en el mundo, y que tienen su castigo próximo y cruel: la impaciencia y la necedad.

Muchas empresas han abortado por no tener un poco de paciencia. Hay quien lleva á cabo una grande obra, y acabándose su paciencia cuando llega á los últimos detalles, pierde todo cuanto en ella ha trabajado.

La perseverancia ha alcanzado triunfos increibles. Una persona de muy pocos alcances puede llegar con la constancia adonde no llega el más luminoso y elevado talento, y es que por lo regular al gran talento va unida la carencia de perseverancia y de fe.

Por el contrario, una inteligencia limitada se reconoce incapaz de hacer grandes cosas, y se aplica con todas sus fuerzas á lo que emprende.

II.

II.

II.

Es muy comun en el mundo hacer juicios errados y equivocar lo que es consecuencia de altas cualidades del espíritu con defectos de carácter.

No hace mucho tiempo que oia yo á unas jóvenes quejarse de que su madre tenía mal genio, y esto lo oia por la milésima vez.

Nunca habia querido discutir con aquellas personas, temiendo que acaso no comprendiesen lo que iba á decirles; mas la acusacion esta vez me pareció más injusta que otras, ya por la particular disposicion de mi ánimo, ya porque era más claro el error de aquel aventurado juicio.

--Vuestra madre, dije, no tiene mal genio, y vosotras la juzgais con injusticia.

--¿Pues no ves, me respondieron, cómo se enfada? ¿Nos podrás negar que su carácter es impaciente?

--No, porque lo es.

--Y el ser impaciente, ¿no equivale á tener mal genio?

--Es muy distinto; vuestra madre se impacienta porque la herís; porque es excesivamente sensible, y porque la lastimais de contínuo. ¿No habeis reparado que la menor palabra vuestra la tranquiliza y la aplaca? Pues el carácter que se doblega así no es malo.

--¿Querrás decir que lo tiene dulce?

--No, lo tiene impaciente, y ése es un mal más bien para ella que para vosotras. Vuestra madre siente con vehemencia y expresa con sinceridad: eso es todo.

--Y nos hace á los demas completamente infelices con esas dotes.

--No sostendré lo contrario; pero lo que os hace infelices es la exageracion de esas dotes, y, sobre todo, la impaciencia, que es consecuencia inmediata.

En efecto: si aquella madre hubiera sabido reprimir la impaciencia, sus hijas la hubieran amado mucho más y estimado mucho más tambien de lo que la estimaban.

Hay personas muy pacientes y hasta muy apacibles; pero es porque no sienten. Todo lo miran con indiferencia, y aunque el mundo se desplome, si salvan su individualidad no pasan pena alguna. Su semblante no se contrae jamas, la sonrisa no desaparece de sus labios y se hallan siempre en una perfecta tranquilidad moral y material.

La impaciencia les es perfectamente desconocida, y es que, como nada les interesa, por nada se apresuran, pues, lo repito, miran ante todo por su individuo.

Estas personas pasan generalmente por muy buenas, muy bondadosas, muy angelicales, cuando no son más que... muy impasibles.

Si la paciencia fuese nuestra fiel é inseparable compañera, seríamos, á no dudar, muy dichosos, porque cuando no reside en el alma, ésta se halla amargada, sufre, se queja, y ve todas las sinrazones con cristal de aumento.

Por el contrario, la paciencia es un estado de perfecta quietud: el que sabe esperar y sufrir, lo sabe todo; y en cuanto á las mujeres, la paciencia es la más adorable de las virtudes que pueden poseer.

III.

III.

III.

Oponiendo la paciencia á la injuria y á la sinrazon se han conseguido grandes resultados: una mujer desdeñada de su marido, sólo con la paciencia puede volver á conquistarle, porque la paciencia es la suave valla que impide romper los diques al decoro y que conserva la dignidad en el interior de la familia.

En tanto que media el respeto y la consideracion entre los esposos, no hay que temer que se derrumbe el edificio conyugal; pero la impaciencia de la mujer es lo que le hace muchas veces venirse al suelo; la impaciencia hace acudir á los labios las palabras descompuestas y duras, las injurias y los denuestos; la impaciencia acrece los defectos, y ve, como ya dije, con cristal de aumento las faltas más leves y más ligeras.

En muchas ocasiones, la paciencia equivale á un rasgo de talento, porque vale mucho más aparentar que se ignoran las faltas que impacientarse por ellas.

Mas donde la impaciencia causa un daño horrible es en la educacion de los hijos: la dignidad paternal y maternal dependen, sobre todo, de la gran calma y serenidad del ánimo: el padre, y áun más la madre, que se descompone delante de sus hijos, baja de su alto puesto, y dejándole, no puede exigir que los demas se lo conserven.

IV.

IV.

IV.

Si las mujeres no hallásemos en nuestra razon y en nuestro corazon bastantes motivos para obligarnos á tomar el partido de la dulzura y de la complacencia, deberíamos pedirlas á la habilidad: ésta nos enseñaria, en efecto, que la violencia puede imponer ciertos sacrificios, pero que el que los lleva á cabo se sustrae más pronto ó más tarde á esta dura dominacion: la habilidad en defecto de la bondad nos impone la paciencia y el disimulo de las contrariedades, y en las personas que saben discurrir, la habilidad inspira concesiones equivalentes á las que impone la abnegacion.

¡Qué grandes cosas ha producido la santa, la modesta paciencia! ¡Cuántas gloriosas empresas ha deshecho la falta de aquélla! Aun en las cosas más triviales de la vida vemos muchas veces que la impaciencia es un daño muy grave.

--Este vestido no ha quedado bien, porque no he tenido paciencia para terminarle, dice una jóven avergonzada del mal efecto de su traje entre otros bien concluidos.

--Tenía tal impaciencia al ver que no venía mi modista, que no he querido salir, y he pasado una tarde aburridísima, añade otra.

--Es tanto lo que me impacientan mis criados, que estoy siempre mala, y ademas, los cambio todos los dias, oí decir hace poco tiempo á una señora.

Está, pues, probado, que la impaciencia, más bien que hacer daño á la persona que la inspira lo hace á la que la siente, y que debe dominarse como un azote de nuestra existencia.

La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos rodean, y léjos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque no hay persona constantemente descompuesta é impaciente que inspire cariño, confianza y estimacion, ni á sus amigos ni áun á su propia familia.


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