LA VOZ.
I.
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I.
Hay algunas cosas en la vida que llamamospequeñas, y que lo parecen en efecto; pero que son, sin embargo, más importantes de lo que se cree, y de mayor influencia en nuestra suerte de la que se supone.
Al hablar de una mujer hermosa, se elogian sus ojos, su boca, su talle, la expresion de su semblante, las gracias de toda su figura.
Cuando se menciona una mujer agradable, se habla de su talento, de su gracia, de su amabilidad, de su instruccion: mas hay una cosa de la que nadie se cuida y que nadie nombra. La voz.
Y sin embargo, ¿quién que conozca el poder de los sonidos en las imaginaciones impresionables podrá negar á la voz una mágica influencia?
¿Quién duda que existen voces celestiales, que al hablar penetran en el corazon y nos llevan adonde quieren, sin que nos demos cuenta de ello?
¿Quién no ha oido en una conversacion de muchas personas un acento encantador que ha conquistado desde que se ha dejado oir todas nuestras simpatías, y que ha hecho que nos interesemos inmediatamente por las ideas de quien le posee?
No podré yo expresar á mis lectoras el valor que tiene ese órgano, que si bien se cree muy importante cuando se trata del canto, júzgase indiferente en lo que toca á la conversacion.
El metal de la voz despierta simpatías más vivas, y acaso más irresistibles que la belleza misma.
Una mujer bella con una voz áspera y bronca, pierde la mitad de su belleza.
Por el contrario, una que sea sólo agradable, cautiva de una manera irresistible si su voz es dulce y simpática.
Y no creo que el metal de la voz es independiente de nuestra voluntad: nosotros podemos, si no variarlo, modificarlo al ménos, y de ingrato, hacerle dulce y agradable.
No tienen poca parte para dar el tono á la voz los sentimientos del alma; cuando la ira domina, la voz es sofocada y áspera y los sonidos oscuros, careciendo completamente de modulaciones.
Mas cuando la dicha, la tranquilidad y la alegría tiene el ánimo en una dulce serenidad, la voz es dulce tambien y halaga al oido, casi como un canto.
Hay mujeres, y yo misma conozco algunas, que con una voz muy dulce tienen un corazon seco y helado: que su acento afectuoso es el disfraz de un monstruoso egoismo; pero esto no quita su poderoso encanto á un agradable metal de voz: ántes, por el contrario, el ver el imperio que estas mujeres ejercen en cuantos les rodean, al observar cuán bien, pronta y fácilmente consiguen todos sus fines y llegan á las empresas más difíciles, se comprende cuán grande es el poder de una voz grata al oido, y de un suave y melodioso acento.
II.
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En la mujer, sobre todo, es indispensable un eco de voz dulce y afectuoso.
La que carece de él debe adquirirlo con el estudio, pues ya he dicho que en gran parte la dulce emision de voz depende de nosotras.
Tal influencia ejerce en el hombre la voz dulce de la mujer, y tanto le agrada, que apénas habrá cosa que niegue al suave acento de la súplica, y apénas habrá nada que conceda al duro acento del mando.
He oido hace poco tiempo preguntar á un hombre dotado de un carácter violento y duro, su parecer acerca de una mujer muy bella.
--No me gusta, respondió secamente: tiene un metal de voz áspero y desagradable, y yo prefiero una mujer fea, dotada de una dulce voz.
En efecto: este hombre se ha casado con una mujer que nada tiene que agradecer á la naturaleza, sino un metal de voz lleno de encanto, y que ella modula con una destreza exquisita y una dulzura sin igual.
Los contrastes se buscan siempre, y son los que crean las más fuertes afecciones: aquel hombre severo, de carácter duro y seco, no podia ménos de enamorarse de la dulzura que prometia la voz encantadora de su esposa.
He visto este hombre arrebatado de ira en muchas ocasiones, calmarse al oir el dulce acento de su mujer, que, aunque conociendo su ridícula é inmotivada cólera, le decia:
--Tienes razon mil veces, pero cálmate por mí, pues te vas á poner malo; ya se arreglará eso de otro modo.
Alguna persona rigorista, presente como yo á estas escenas, ha dicho que esta mujer era una hipócrita, y que culpando en el fondo de su alma á su marido, fingia ser de su parecer; pero ¿hubiera ganado algo la paz de la casa y de la familia con que ella hubiese dado gritos tambien, culpando la imprudencia y la cólera de su esposo?
Sin duda que no: ella le trata como á un enfermo y hace bien, porque realmente lo está: la ira es una cruel dolencia moral.
Algunas veces, en lo más fuerte de sus accesos, este hombre violento se cubre avergonzado el rostro, y una dulce palabra de su mujer es la que causa tan maravilloso efecto, por el contraste que ofrece con su grosera cólera: la he visto en várias ocasiones callar, hacer como que no ve su confusion, y salir un instante, para no humillarle con su triunfo: cuando volvia á la habitacion ya parecia no acordarse de aquello, y hablaba á su marido de otras cosas, con tanta afabilidad como si nada hubiera pasado.
Así, la dulce influencia de aquel acento ha ido calmando las olas de la cólera del esposo: el hombre quiere ser siempre superior á la mujer, y á ningun marido que ama á la suya, le gusta verse rebajado ante sus ojos, y lo que es más duro, á los ojos de sus hijos.
¿Es acaso esta mujer insensible?
No: es prudente; ama á su marido, y conoce bien el corazon humano.
III.
III.
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Ya he dicho más arriba que el carácter dominante y la propension á la cólera alteran la voz y le dan sonidos broncos y desagradables; así es que la voz áspera se tiene por signo de una índole desapacible y violenta, y por lo mismo, las mujeres de voz poco dulce son poco simpáticas al sexo fuerte.
Hay, sin embargo, mujeres dotadas de un metal de voz dulcísimo, y de una expresion angelical en el rostro, con un carácter de hierro y una voluntad más firme que todas las voluntariosas é impacientes: estas mujeres, dotadas de bastante sangre fria para no descomponerse jamas, dan órdenes severas é ineludibles con el acento más melodioso, y toman resoluciones enérgicas y terribles, que rara vez adoptan las que regañan mucho.
La fuerza de inercia es la que adoptan esas mujeres; pero ésta es la más fuerte y la más inquebrantable: dicen que sí á todo, y sólo hacen lo que quieren ó les conviene: enfrente de otra voluntad fuerte, lloran, se desmayan, se refugian en elno puedo, suplican y fatigan al que las quiere dominar, saliéndose siemprecon la suya, como suele decirse.
Esta clase de caractéres no me parece digna de aprecio: pero la prefiero con mucho á la otra clase, que encierra todas las provocaciones de la cólera grosera, todas las réplicas brutales y descompuestas, de la impaciencia: dominar por la súplica y por la protesta de la debilidad, es más digno y más propio de la mujer, que hacerse temible por las manifestaciones de su enojo.
El huracan troncha la soberbia encina, y pasa sobre la verde caña que se doblega á su ímpetu, y que vive á orillas del lago azul y trasparente.
Mérito grande es en la mujer el ser dulce en la voz y en los modales, é inquebrantable en la voluntad para las cosas buenas.
IV.
IV.
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No hay mujer ninguna, á ménos que no sea completamente insensible, dotada de una perenne é inalterable dulzura: á la que veo siempre complaciente, serena, con la sonrisa en los labios, y hablando melosamente, lo confieso, no le dedico mis más grandes simpatías.
El alma tiene sus tempestades, como el mar y como el cielo: una contraccion de facciones, una lágrima cerniéndose en las pestañas, un temblor en la voz, la palidez y el rubor súbito, son señales infalibles de la lucha de la voluntad y de la sublime victoria que sobre ella se alcanza: he visto, y no hace muchos dias, á una mujer jóven, bella y virtuosísima, ultrajada por su marido ante un gran número de personas, y digo ultrajada, porque sin motivo alguno la desmintió con una irritante é insolente grosería.
La pobre jóven, al oirle, se quedó pálida como la muerte: un instante despues un encarnado ardiente vistió desde su frente hasta su cuello: su seno palpitó con violencia: sus ojos lanzaron un relámpago deslumbrador... ¡qué terrible lucha tenía lugar en su corazon! Todos los ojos estaban fijos en ella... y todos se miraron con asombro, cuando ella, pasando una mano por sus ojos, como para no ver, dijo con acento dulce y sumiso á su brutal marido:
--Perdona, amigo mio, me habré equivocado.
¡Qué gran victoria consiguió aquella mujer sobre sí misma! ¡Cómo se leia la admiracion de los presentes en sus semblantes! ¡Y qué triste papel el del marido déspota y grosero!
El poseer una voz agradable es un seguro antídoto contra los arrebatos de la cólera, porque las frases duras no se pueden decir con un acento dulce y afectuoso, y la costumbre de esta gracia, sea natural ó adquirida, sirve de freno á todas las desigualdades de un carácter desapacible.