LOS CELOS.
I.
I.
I.
No hace muchos dias que me hallaba yo por la noche en casa de una señora, que tiene dos hijas encantadoras.
La mayor, llamada María, cuenta diez y seis años, y es perfectamente bella, y ademas un ángel de bondad y de dulzura.
La segunda, nombrada Isabel, es mucho ménos bonita y su aspecto es constantemente triste y desapacible.
La madre prefiere á la mayor, y, fuerza es confesarlo, hay muchas personas que la prefieren tambien.
La noche de que voy hablando me fijé con más atencion que de costumbre en la expresion del semblante de Isabel, y hallé en ella alguna cosa de acre, de amargo y triste.
--¿Qué tiene? le pregunté á su madre, mostrándola á la pálida niña, que muda é inmóvil permanecia en un rincon.
--Tiene celos de su hermana mayor, me respondió.
--¡Celos! repetí, eso no puede ser; los celos son hijos del amor; si estas dos niñas tuvieran otra edad, y amáran al mismo hombre, podria decirse que Isabel tenía celos de María. Así es imposible.
--¿Acaso los celos sólo pueden nacer del amor?
--Sólo: no habiendo amor no hay celos: lo que Isabel siente es envidia.
--¿No es la misma cosa?
--No, señora; en los celos hay cierta nobleza y cierta abnegacion; en la envidia todo es pequeño y miserable; pero la envidia puede curarse, y la curacion de los celos es muy difícil, si no imposible.
II.
II.
II.
Entre las mil torturas que afligen á la mujer, que martirizan su corazon, que amargan su vida, hay algunas que ella misma se inventa por la actividad de su fogosa imaginacion, por la extremada debilidad de su espíritu, ó por efecto de su educacion descuidada.
De los más amargos dolores que se crea, son la envidia y los celos.
Los celos, dardo emponzoñado y forjado por el infierno.
La envidia, sierpe venenosa, que roe el corazon de que se posesiona, hasta dejarlo vacío como un sepulcro.
La envidia nace de la pequeñez del alma; los celos, de la gran sensibilidad del corazon.
Suele vituperarse á una persona que tiene celos, pero se la compadece siempre.
Una persona envidiosa solamente inspira desprecio, y todo lo que en su favor alcanza, es una lástima desdeñosa.
Los celos engendran el ódio; pero en cuanto el celoso es feliz, compadece á la persona sobre la cual ha triunfado.
La envidia no conoce la compasion; el envidioso quisiera que el mundo entero fuera desgraciado, para reunir él todas las riquezas y todas las prosperidades.
Los celos se sienten únicamente cuando un amor grande, inmenso, llena el corazon.
Si causa dolor el que la persona que los inspira sea bella, rica y esté dotada de relevantes cualidades, es tan sólo porque estas ventajas conquistan el amor que el infeliz que los siente quisiera para sí.
Los celos ambicionan amor.
De todo lo demas, ni siquiera se acuerdan.
III.
III.
III.
Deplorable cosa es que los celos debiliten el ánimo y quiten la facultad de reflexionar; porque, á no ser así, las desdichadas, heridas de esa pasion podrian conjurar el mal en vez de acrecentarlo, entregándose á los extremos de un violento dolor.
Oid, las que sufrais ese tormento, el consejo de una amiga vuestra: no os quejeis demasiado, no hagais del llanto vuestra ocupacion contínua, no deis al mundo el espectáculo de vuestra pena; ocultadla, si os es posible, porque vuestros lamentos, vuestras lágrimas, vuestro dolor, no es probable que os ganen de nuevo el corazon que hayais perdido.
No intenteis tampoco vengaros, aconsejadas de vuestro despecho, pagando desvío con desvío é infidelidad con infidelidad: entónces perderíais tambien lo único que puede serviros de consuelo: perderíais la paz de la conciencia y el derecho de levantar la frente limpia de toda mancha.
Una suave y digna resignacion, una conducta irreprensible y decorosa, una firmeza noble é igual en los modales, y una prudente reserva en la vida íntima, quizá os devuelvan el sitio que es vuestro, en los corazones que hayais perdido.
Nada de quejas, nada de lágrimas, nada de súplicas; no seamos ni víctimas ni verdugos, porque es tan degradante y tan odioso lo uno como lo otro.
IV.
IV.
IV.
Mujeres conozco que han atormentado de tal suerte á sus maridos, con celos infundados, que aquéllos tenian por la mayor desgracia el quedarse solos con ellas; las mujeres de que os hablo les contaban los minutos que estaban fuera de casa y el dinero que gastaban; les impedian cumplir en sociedad con los deberes de buena educacion; les pedian cuenta de todas sus acciones, de todos sus pensamientos, y cuando los sabian, les regañaban sin cesar.
Los maridos así asediados no tardan en engañar á sus mujeres.
Les ocultan que han ido al café, como si esto fuera un pecado mortal.
Si han ido al teatro, les dicen que han estado acompañando á un amigo enfermo; y poco á poco dejan de amarlas, y el hastío más profundo se apodera de su vida, hasta que hallan una mujer amable, graciosa, coqueta, que les seduce con un carácter completamente opuesto al tiránico de sus esposas.
El hombre ha nacido libre, y libre debe vivir. Conquistad el corazon de vuestros esposos, no con la virtud ceñuda, sino con la virtud dulce, con la bondad, con la coquetería.
Hacedles agradable su casa y amable vuestro trato; sed sus amigas, partid sus alegrías, consolad sus tristezas, endulzad sus dolores, cuidad sus enfermedades; procurad que nada les falte en las comodidades del hogar; velad por los intereses de la casa, que son los de ambos; haceos, en fin, necesarias á su dicha y dejadlos libres, completamente libres.
No les pregunteis adonde han ido, que ellos mismos os lo dirán.
No les pregunteis el dinero que han gastado, que los humillais; y las heridas del amor propio son las que ménos han de perdonaros.
El hombre es el jefe natural de la familia y el dueño de su casa; para impedir sus extravíos no teneis más medio lícito que imperar en su corazon.
Y si os ofenden, sed templadas y generosas.
No rechaceis con dureza al que os ofendió cuando os dé alguna muestra de arrepentimiento, por ligera que sea; no os vengueis de él cuando la sociedad le arroje lleno de amarguras y decepciones.
Vosotras, dichosas criaturas, que estais escudadas y protegidas con un amor tierno y profundo, no le perdais por vuestra imprudencia é impremeditacion.
No pidais al hombre más de lo que puede concederos; no querais violentar sus gustos, sus sentimientos, sus inclinaciones.
Respetadle al mismo tiempo que le ameis; pero sabed haceros precisas á su bienestar, á su dicha, á su vida doméstica, que es la sola ciencia y el gran talento que debe ostentar la mujer.