II.LA PIEDRA DE AFILAR
El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París, ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres servidores, aparte de los del cocinero.
Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.
Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos, y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entrericos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras, el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos, no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas tan insignificantes sus capitales.
Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata, cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.
Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio, aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín, bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera, en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto inofensivo.
Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que se elevaban desde la tierra al cielo.
—Gracias a Dios—dijo Lorry juntando las manos,—ninguna persona querida tengo a mi ladoesta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la verja.
—Sin duda vuelven—pensó Lorry.
Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas, cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del pasmo más violento que en su vida experimentara.
Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su vida entera.
—¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?—exclamó Lorry, con asombro indescriptible—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?
Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del anciano amigo de su infancia.
—¡Oh... amigo querido! Mi marido...
—¿Su marido, Lucía?
—Carlos.
—¿Qué hay de Carlos?
—Aquí... en París.
—¿En París?
—Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido a la cárcel.
El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor de pasos.
—¿Qué ruido es ése?—preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.
—¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera, Manette, por su vida... no toque la persiana!
Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y con sonrisa fría y osada, contestó.
—Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así sería, sabíayo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es ese?—terminó, volviéndose hacia la ventana.
—¡No mire usted!—gritó Lorry con acento desesperado—¡Usted tampoco, Lucía, mi querida Lucía!—añadió, pasando su brazo al rededor de su cintura.—Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?
—En la Force.
—La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido, por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro estoy que me obedecerá!
—Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que hiciera lo propio.
Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que realizaban.
Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsascejas y bigotes falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos, las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles, con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas, todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color, todas eran rojas.
Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la repugnante escena.
—Están asesinando a los prisioneros—dijo Lorry, contestando a la pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.—Si tiene usted seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de todas suertes, no pierda ni un segundo.
El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión, hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos, que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con entusiasmo delirante:
—¡Viva el prisionero de la Bastilla!
—¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!
—¡Paso al prisionero de la Bastilla!
—¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!
Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross, pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera encontrarlas allí hasta mucho rato después.
La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba, la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y las noticias no venían!
Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la piedra de afilar. Lucía se asustó.
—¿Qué es eso?—preguntó.
—¡Silencio!—respondió Lorry.—Son los soldados que afilan sus espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.
Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre, cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.