LIBRO SEGUNDOEL HILO DE OROI.CINCO AÑOS DESPUÉS
Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!
Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo son más respetables.
Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados, viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera a recorrer «la casa», estecualquierahabría sido conducido a una especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio, donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas, dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor, aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de los aschantis.
Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso, pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal, era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal, con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él, todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.
Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que había adquirido el olor peculiar de la Casa.
Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo en cuestión, a quien daban el remoquete deLapa, aunque muchos años antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del mundo, recibió el nombre de Jeremías.
Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular del alto empleadoLapa, hora las siete y media de una mañana ventosa del mes de marzo, yAnno Domini, mil setecientos ochenta. DigoAnno Dominien vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la manera de hablar del sapientísimoLapa, quien, creyendo que la era cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía anteponiendo a la del año las palabrasAna Dominó.
No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones particulares del buenLapa, ni pasaban de dos, contando como una un ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora, y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que aquélroncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve, brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el almuerzo.
Roncaba elseñor Lapabajo las colchas de la cama como roncar pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al fin comenzaron a agitarse las colchas,Lapase revolvió con aire inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó su propietario con voz exasperada.
—¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!
Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón, donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del durmiente.
—Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?—repusoLapa, alargando un brazo en busca de una bota.
La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso que elseñor Lapavolvía muchas veces a su casa, después de terminado su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que, al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.
—¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?—gritó el melifluoLapa, después de errar el tiro.
—Rezaba.
—¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones, pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?
—No rezo contra ti, sino por ti.
—No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que constituye su alimento! ¡Qué te parece!
Muy mal debió parecerle al digno retoño del señorLapalo que éste insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que con su alimentación personal tuviera relación.
—¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus rezos?—repuso el marido, con insistencia inconsciente.—Dime: ¿qué valor concedes a tus oraciones?
—Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.
—¡Su único mérito!—repitió elseñor Lapa.—¡Poco valen, entonces! De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no lo aguanto—añadió, dirigiéndose a su costilla.—Soy más bruto que un coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo, o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo, me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata de los infiernos!
Elseñor Lapa, lanzando de tanto en tanto frases de indignación, emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto, cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.
—¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!
Ni con el almuerzo se dulcificó el humor deLapa, antes bien pareció que acrecentaba su animosidad contra su mujer.
—¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?
Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del Cielo.
—¡Cuidado con traer bendiciones!—barbotó, mirando como si temiera ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su mujer.—¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero bendiciones en mi mesa!
Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, elseñor Lapadevoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa para entregarse a las ocupaciones del día.
Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco, hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle cargado de ella, constituían todos sus enseres. Elseñor Lapay su banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.
Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, elseñor Lapa, acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y dijo con voz campanuda:
—¡Que entre el portero!
—Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre—observó Jeremías el menor.
El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando a su boca la paja que el primero estaba mascando.