VI.EL ZAPATERO

VI.EL ZAPATERO

—Buenos días—dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca del zapatero.

—Buenos días.

—Siempre tan trabajador, ¿eh?

Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y contestó:

—Sí... estoy trabajando.

La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no, aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido indefinible, unavoz que reflejaba con elocuencia tan vívida la desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento.

Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso, ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa ocupado.

—Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz—dijo Defarge, cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del zapatero.—¿Podrá usted sufrirla?

Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el que acababa de interrogarle, preguntando al fin:

—¿Qué decía usted?

—Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz.

—Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar.

Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados, aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil poder precisar la materia empleada en su manufactura.

Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz, y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se acordaba de lo que acababan de preguntarle,ni de lo mismo que estaba él diciendo.

—¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?—preguntó Defarge, haciendo una seña a Lorry para que se acercase.

—¿Qué dice usted?

—¿Piensa terminar hoy esos zapatos?

—No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé.

La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo.

Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge, cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al ver a dos personas en vez de una.

—Tiene usted una visita—observó Defarge.

—¿Qué dice usted?

—Que ha venido este señor a visitar a usted.

El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar.

—Este caballero—repuso Defarge—entiende mucho en zapatos. Enséñele usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted, señor.

Lorry tomó en su mano el zapato.

—Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del operario que lo hace.

Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el zapatero.

—He olvidado la pregunta—dijo al fin.—¿Qué decía usted?

—Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de zapato es éste.

—Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda.

—¿Y el nombre del zapatero?—preguntó Defarge.

El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que se espera obtener alguna revelación.

—¿Preguntó usted mi nombre?

—En efecto, eso pregunté.

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

—¿Nada más?

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea, que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le preguntó:

—Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad?

El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin clavarlos antes en el suelo:

—¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido. Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que me dejaran...

Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió:

—Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que zapatos.

En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el zapato, preguntóle este último:

—Señor Manette, ¿no me recuerda usted?

El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos en la cara de quien le preguntaba.

—Señor Manette—repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de Defarge.—¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado antiguo?

Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única, paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba, primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la del anciano.

Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo. El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro, recogía el zapato y reanudaba su tarea.

—¿Le ha reconocido usted, caballero?—susurró Defarge al oído de Lorry.

—Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más!

La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor.

Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda. Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y allí se detuvieron.

Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le oyó murmurar:

—¿Qué es esto?

La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó, y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos tuviera la cabeza querida del anciano.

—¿Eres la hija del calabocero?—preguntó éste.

—No—suspiró ella.

—¿Quién eres, pues?

Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó contemplando a aquélla.

Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron, pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar su labor.

Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla, abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó con detenimiento.

—¡Es el mismo!—murmuró.—¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo sucedió?

Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda contemplación, dijo:

—Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis que lo conserve?—les pregunté.—No han de facilitar la fuga de mi cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo como si acabara de pronunciarlas.

Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.

—No lo entiendo...—añadió.—¿Eras tú?

Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta, perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:

—Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no hablen, que no se muevan.

—¡Chist!—exclamó el anciano.—¿Quién habla?

Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con expresión de dolor sombrío su cabeza.

—¡No, no, no!—repuso.—¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven, demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No, no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel hermoso?

La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos delante del pecho.

—¡Oh, señor!—exclamó.—¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo, quién fué mi madre y quiénfué mi desventurado padre, cuya dolorosa historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!

Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.

—Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por él!

La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.

—¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!

El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con las manos.

Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo a saltar hechopedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.

—Si fuera posible—dijo la niña, alargando una mano a Lorry—disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que desde esta misma casa...

—Hay que tener presente una cosa importante—contestó Lorry interrumpiendo a la joven.—¿Está en disposición de emprender el viaje?

—Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.

—Nada más cierto—terció Defarge, que se había arrodillado para ver y oir mejor.—Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia. ¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?

—El negocio es ése—observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para volver a su tema favorito—y cuando hay que terminar un negocio, cuanto más pronto se ultime, mejor.

—En ese caso—dijo la señorita Manette,—tengan la bondad de dejarnos aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es llevárnoslo cuanto antes.

No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso, fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada uno por su lado.

Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían ultimado los preparativos de viaje y traían, además demantas y abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge, portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con la cooperación de Lorry levantó al cautivo.

Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas, que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces. La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.

Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.

Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.

—¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta escalera?—preguntó la niña.

—¿Qué dices?

Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si aquella le hubiese sido formulada de nuevo.

—¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!

Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.

No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las ventanas ni alma viviente enla calle. El silencio y la soledad reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.

Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.

Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.

Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban de guardia.

—¡Los pasaportes, viajeros!

—Aquí están, señor oficial—contestó Defarge desde el pescante, pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al oficial.—Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona, en...

Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo que le dijo.

Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.

—Está bien. Adelante.

Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.

—¿Supongo que te interesará vivir?

La respuesta era también la de siempre.

—No puedo decirlo.


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