VII.VISITA INESPERADA

VII.VISITA INESPERADA

No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.

Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir, que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba contra él y temblaba más que nunca.

Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa, Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer las suyas.

El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo, sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por las noches.

Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio del doctor, figuraba el de JeremíasLapa, y en la ocasión a que se refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.

La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión posible a las murmuraciones y a la envidia.

Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita Pross y JeremíasLapa; este último llevaba la cesta, la primera el dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés, sabía exactamente lo mismo que JeremíasLapa, quien no conocía ni una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el que fuera el número de los que aquél levantase.

—SeñorLapa—dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la felicidad,—yo estoy dispuesta; ¿y usted?

Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.

—Hoy nos hace falta de todo,—observó la señorita Pross,—y entre otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando como condenados.

—No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis—observó Jeremías.—Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.

—¿Y quién es ese único?

—Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la primera viña...

—¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.

—¡Cuidado, amiga mía!—terció Lucía—¡Prudencia, por favor, mucha prudencia!

—¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos. Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?

—Me parece que puede usted tomarse esa libertad—respondió el doctor con tono humorístico.

—Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla—exclamó la Pross.

—Por Dios, querida; ¿otra vez?—dijo Lucía.

—Vaya, señorita—replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire solemne;—si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política; quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Diostengo puesta mi confianza, y viva el Rey.»

Lapa, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con voz estentórea.

—Celebro que sea usted un inglés castizo, señorLapa,—dijo la señorita Pross con tono de aprobación,—aunque hubiese sido de desear que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir para siempre de esta maldita ciudad?

—No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para Carlos.

—¡Qué se le va a hacer!—exclamó la señorita Pross, conteniendo un suspiro y mirando a Lucía.—Tendremos paciencia y esperaremos... Animo, y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi hermano Salomón. Vámonos ya, señorLapa... No se mueva, señorita.

Salieron la Pross yLapa, dejando a Lucía, al marido de ésta, al doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea. Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había prestado al hada un servicio.

—¿Qué es eso?—exclamó de pronto Lucía.

—¡Querida mía!—contestó el doctor, suspendiendo la narración de la historia—Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario. La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me tienes a mí... a tu padre, hija mía.

—He creído oir rumor de pasos en la escalera—balbuceó Lucía.

—¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.

Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la puerta.

—¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...! ¡Sálvalo!

—¡Hija querida!—contestó el doctor levantándose y poniendo su mano sobre el hombro de Lucía.—Le he salvado ya. No comprendo tu debilidad... Voy a abrir la puerta.

Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la familia.

—¿El ciudadano Evrémonde?—preguntó el que entró primero.

—¿Quién le busca?—preguntó Darnay.

—Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.

Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su hijita, que se había abrazado a él.

—¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?

—Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.

El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea, encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:

—Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?

—Sí; te conozco, ciudadano doctor.

—Todos te conocemos, ciudadano doctor—añadieron los tres restantes.

Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y después de una pausa, repuso, bajando la voz:

—¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se le prende de nuevo?

—Ciudadano doctor,—contestó con repugnancia manifiesta el que habló primero,—ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que pertenece este ciudadano—añadió, señalando con la mano al individuo que estaba a su lado.

El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:

—Ha sido acusado por San Antonio.

—¿De qué?

—Ciudadano doctor—replicó el primero,—no preguntes más. Si la República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.

—Una palabra más—objetó el doctor.—¿Quieres decirme quién le ha denunciado?

—Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.

Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:

—¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber; pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y además, otra persona.

—¿Quién es esta otra persona?

—¿Lo preguntastú, ciudadano doctor?

—Sí.

—Lo sabrás mañana—contestó el de San Antonio con entonación extraña.—¡Ahora, soy mudo!


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