XII.EL CABALLERO DELICADO

XII.EL CABALLERO DELICADO

Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que en su magnanimidad lahabía deparado. Después de debatir mentalmente y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones, los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de lasanmiguelada, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de Nochebuena.

Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.

En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya, tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.

Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry, inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números, perfectamente alineados.

—¡Hola, señor Lorry!—exclamó Stryver al entrar.—¿Cómo está usted? Supongo que tan bien como siempre.

—¡Hola, señor Stryver!—respondió Lorry, estrechando la mano que el abogado le tendía.—Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí, señor Stryver?

—No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.

—¡Oh, las que usted quiera!—contestó Lorry, cerrando el libro y preparándose a oir.

—Voy...—comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa y con tono confidencial,—voy a hacer una proposición matrimonial a su querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.

—¡Demonio!—exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al abogado.

—¿Demonio?—repitió Stryver vivamente.—¿Eso es lo que austed se le ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?

—Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa, que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad, señor Stryver... me parece... encuentro...

—¡Basta!—respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la mesa.—¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!

Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor mordiendo las barbas de su pluma.

—¿Es que me considera ustednoelegible?—preguntó Stryver, mirando con fijeza a su interlocutor.

—¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.

—¿No soy buen partido?

—Buen partido; sí... ¿por qué no?

—¿No progreso? ¿No medro?

—Sí, señor... ¿quién lo duda?

—Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?

—Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?

—De frente al asunto—contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la mesa.

—Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.

—¿Por qué?—tronó el abogado.—Voy a estrechar a usted hasta el último límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría usted?

—Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.

—¡Ira de Dios!—gritó Stryver.—¡Es una razón que tumba de espaldas!

Lorry no contestó.

—He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y lo vea!

—Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la señorita es el juez único e inapelable.

—Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.

—Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver—replicó Lorry, rojo de cólera.—Lo que he querido decir, y lo quedigo, es que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.

La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa como la del abogado.

—Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero—repuso Lorry.—Mucho le agradeceré que no lo olvide.

Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:

—Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?

—¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?

—Sí.

—Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del doctor Manette.

—Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos los desatinos pasados, presentes y futuros.

—Pongamos los puntos sobre las íes—añadió Lorry;—como hombre de negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?

—¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo. Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.

—¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para queen ellos crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson, que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar de rodillas!—gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.

—No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de molestar a nadie.

—Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese, dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones desagradables. ¿Qué le parece mi plan?

—¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?

—¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde allí llegarme en derechura a su casa.

—Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!

Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar, cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero no tuvo más remedio que tragársela.

—Te has puesto en situación poco airosa, Stryver—se decía a sí mismo;—has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir bien del paso!

Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el eminente abogado buscaba la forma de escupirla.

—¡Ah, mi querida señorita!—murmuró al cabo de pocos momentos.—¡No seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me reservas!

En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto ensu labor y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció sorprendido al ver a Lorry.

—He estado en Soho—dijo el emisario, al cabo de más de media hora de tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.

—¿En Soho?—repitió con indiferencia glacial Stryver.—¡Ah... ya! ¡Qué cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?

—Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.

—Crea usted que lo lamento muy de veras por usted—contestó Stryver con calma perfecta,—y no menos de veras por el pobre padre. Es un incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no hablemos de ello.

—Confieso que no comprendo.

—Lo creo; pero no importa... no importa.

—Al contrario—replicó Lorry,—importa, y desearía que se explicase.

—Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error, y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo, lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor! Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque seguramente no habría llegado a cometerlo.

Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor, cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.

—¡Créame usted, mi querido amigo!—repetía Stryver mientras acompañaba a Lorry hasta la puerta,—siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas noches!

Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.


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