XIII.EL SUJETO NO DELICADO

XIII.EL SUJETO NO DELICADO

Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste, taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los destellos luminosos de su inteligencia.

Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo, no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo, cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables, llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos para continuar sus peregrinaciones.

Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona, uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavode su costumbre, rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor Manette.

Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó en su pecho la compasión.

—¿Se siente usted malo, señor Carton?—preguntó.

—No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos esperar los libertinos!

—¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré, bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida más ordenada?

—¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!

—Entonces, ¿por qué no se corrige?

Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor, vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando contestó:

—Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al contrario... empeoraré... descenderé más y más...

Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa temblaba durante el penoso silencio que siguió.

—Perdóneme, señorita Manette—repuso Carton.—Guardo un secreto que me pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne escucharme?

—Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.

—Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.

Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con acento firme:

—No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda en mí capaz defructificar... soy estéril para el bien.

—¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede hacerse muy digno de sí mismo...

—Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita, y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.

Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.

—Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más: ¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!

—¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que se trata de una confianza—añadió Lucía con modestia, bien que con cierta vacilación,—de una confianza que no depositaría en nadie, y que deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso para usted, señor Carton?

—No, señorita Lucía—respondió Carton, moviendo con expresión de amarga tristeza la cabeza.—Imposible. Conque me dispense la bondad de escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre, la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en empezar,en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!... ¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir! ¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por usted!

—Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma... ¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!

—Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.

—Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo que era antes de conocerme...

—No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted causa de que mi desgracia sea mayor.

—Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?

—El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya. Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón, y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.

—Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría usted mejores cosas.

—La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?

—Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.

—¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la personaque más querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?

—Señor Carton—respondió Lucía con agitación,—el secreto no es mío, sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.

—¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!

Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y comenzó a caminar hacia la puerta.

—Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado. Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero sagrado durante el resto de mi vida!

Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.

—No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas, amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero, sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.

—Le creo, señor Carton, le creo.

—Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces, los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos, acuérdesealguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento... ¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!


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