XIII.CINCUENTA Y DOS
Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas. Antes que se vaciasen sus celdas quedabandesignados los que habrían de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día siguiente vendría a mezclarse con la suya.
Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia, hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles, opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin distinción de personas.
Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos, no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos individuales.
No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa. Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija, acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho alentase el egoísmo más agudo.
Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él, recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil, y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y engolfándose en reflexiones de índole más elevada.
Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz, tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.
Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero. Instábala—bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era inútil—a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable, nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario, se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza de ternura consolase a su padre.
Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario, sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían con mayor fuerza que nunca.
Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones frecuentes.
Cuando se apagaron las lucesy se tendió sobre el mísero jergón de paja, creyó que había concluído ya con el mundo.
Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante, encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho, libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera, hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras: «Hoy es el día de tu muerte.»
Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas, una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte, hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad febril nuevos derroteros.
Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable sentida por una alma distinta de la suya.
Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.
Sonaron las doce.
Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le llamarían a las dos.
Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:
«Me resta otra hora.»
Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta, abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:
«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»
Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente, tranquilo. Era Sydney Carton.
Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano era una mano real, de carne y hueso.
—Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría ver: ¿me equivoco?
—No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he conocido... ¿Es también prisionero?
—No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo de parte deella... de parte de su mujer, mi querido Darnay.
El reo le tendió silenciosamente la mano.
—Y traigo el encargo de hacerle una súplica.
—¿Qué es?
—Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es. No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más patético que nunca ha sonado en sus oídos.
El reo dobló la cabeza sin contestar.
—Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!
Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla. Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a aquél a sentarse en la silla en cuestión.
—Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...
—Carton... Es imposible escapar de aquí—replicó Carlos, completamente desconcertado;—imposible de todo punto... No conseguirá usted otra cosa que morir conmigo... Es una locura....
—Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta, contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted tan mal peinado como yo.
Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.
—¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado... ¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?
—¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el pulso firme? ¿Podrá escribir?
—Firme lo tenía cuando usted entró.
—Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!
Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado suyo.
—Escriba punto por punto lo que yo le dicte.
—¿A quién dirijo el escrito?
—A nadie.
La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.
—¿Pongo fecha?
—No.
El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton, sin mover la diestra, miraba al suelo.
«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se cruzaron—dijo Carton dictando,—comprenderá sin esfuerzo esta carta, no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de los que olvidan pronto.»
El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba del pecho la mano. Esta se detuvo.
—¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»
—Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?
—No; no tengo armas.
—¿Qué tiene, pues?
—Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»
Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a la cara del reo.
La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada en derredor.
—¿Qué vapor es éste?—preguntó.
—¿Vapor?
—Sí... un olor que me molesta y aturde.
—Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!
El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel dispuesto a escribir.
«De haber sido otro el curso de los sucesos—continuó dictando Carton, cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,—es natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el curso de los sucesos...»
Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos ininteligibles.
El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil sobre el suelo.
Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:
—¡Entre... entre!...
Dos segundos después, se presentaba el espía.
—¿Lo ve usted?—preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de Carlos el papel que había escrito.—¿No le dije que su riesgo era insignificante?
—Mi riesgo, señor Carton, no está enesto—respondió el espía,—sino en que usted cumpla fielmente lo estipulado.
—Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la muerte.
—Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.
—Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho; lléveme al coche.
—¿A usted?—preguntó el espía con aprensión visible.
—¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por la misma puerta por la que entré yo?
—Claro que sí.
—Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.
—¿Me jura usted que no me traicionará?—preguntó el espía temblando.
—¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?—replicó Carton, pateando con impaciencia.—¿A qué, pues, perder ahora momentos que son preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche, llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina, que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche, que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.
Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.
—¡Hombre!—exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.—¿Tanta impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado elgordoen la lotería de Santa Guillotina?
—¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el aristócrata hubiese sido declarado absuelto!—observó el otro.
Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y se lo llevaron.
—¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!—dijo el espía.
—Lo sé muy bien—respondió Carton.—Cuida de mi amigo y déjame en paz.
—Vámonos, hijos míos—dijo el espía a sus compañeros.—Andando.
Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las dos.
A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
—Sígueme, Evrémonde.
Carton salió tras el calabocerohasta llegar a una celda obscura, de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos clavados en tierra.
Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció, temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
—Ciudadano Evrémonde—dijo, alargándole su mano helada;—soy una costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
—¡Ah, sí!—murmuró Carton.—¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la acusación que te llevó a la cárcel.
—Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente. ¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil como yo?
La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
—No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte; pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la muerte de una criatura débil como yo?
La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.
—Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras siento que no sea verdad.
—Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.
—Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu mano me dará el valor que me falta.
Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba una nube de duda primero, y de asombro después.
—¿Vas a morir por él?
—¡Y por su mujer y su hija... sí!
—¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?
—Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.
Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad, se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.
—¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos!
Una mano presenta los documentos, que son leídos.
—Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es?
Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras ininteligibles.
—Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh? Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución.
—Eso parece.
—¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su hija... francesa... ¿Quién es?
—Esta.
—Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de Lucía... inglesa... ¿Es esta?
—La misma.
—Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano, cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado, inglés... ¿Quién es?
—Este que yace tendido en el fondo del coche.
—¿Va desmayado el abogado inglés?
—Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
—¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero, inglés... ¿Quién es el banquero?
—Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores, Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del encargado de la vigilancia de la Barrera.
—Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
—¿Podemos proseguir la marcha?
—Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.
—Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.
—¿No le parece que caminamos demasiado despacio?—preguntó Lucía llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.
—Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos sospechas.
—Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?
—No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.
Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisosque bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto antes al puerto de salvación.
Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los persiguen!
—¡Ah del coche...! ¡Alto!
—¿Qué pasa?—pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.
—¿Cuántos han sido hoy?
—No comprendo.
—¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?
—Cincuenta y dos.
—¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!
Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es lo que tiene en la mano...
¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!
Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su seguimiento.