VII

VIILas madrugadas.—Vida íntima.—La raza latina.—El café cantante.

Las madrugadas.—Vida íntima.—La raza latina.—El café cantante.

No obstante que ciertos jugadores de ajedrez me pegaban cada desvelada que era un contento, yo no abandonaba mi costumbre de levantarme ántes de salir la luz, y esa circunstancia, unida á mi manía de hablar y reir y armar jácara cuando entro en conversacion tirada con mi pluma, hacian mi vecindad realmente deliciosa.

Por otra parte, la servidumbre de la casa de Mad. Belloc era de negritas particulares, que con su ir y venir, y con sus risas y dengues, tenian en excitacion perpétua la bílis de Pancho, desesperaban á Alcalde, y á mí me llegaron á afectar los nervios.

Las negritas no penetraban, sino que asaltaban nuestros aposentos, pateando, golpeando y sacudiendo cuanto estabaá su alcance, lo mismo un perchero que la cabeza de un hombre formal.

Las más serviciales hijas del hollin, habian compaginado un idioma propio que nadie comprendia, lo que daba lugar á escenas divertidas.

Habia dos excepciones en la servidumbre: una la constituia una jovenzuela fresca y bien plantada, cuyo matrimonio aceleramos por vapor.... porque no tranquilo su novio con la simple presencia de nuestra buena compañía, la sustrajo al establecimiento, y en los vivos aires, y sin pararse en pelo ni tamaño, la condujo al pié de los altares.

La otra excepcion era un José que no sabia mas que el inglés que le hablaban aquellos de quienes recibia una ligera gratificacion. Mediante ese estímulo, hacia caravanas José y era como un dulce; cuando la pitanza no auxiliaba la palabra.... entónces, á cualquiera demanda contestaba con unI do not, de reventarlo.

A las primeras horas de la mañana yo escribia mis apuntaciones; despues del desayuno leiamos periódicos.

Gomez del Palacio, inagotable en bondades con sus compañeros, se dedicó con Alcalde y conmigo á darnos algunas lecciones de inglés; pero es el caso que nosotros habiamos resuelto aprender el escabroso idioma de Milton y de Shakspeare, sin estudiar palabra y sin fijar en nada la atencion.

Es un ángel Pancho; yo no comprendo cómo pudo tolerar á Joaquin y á mí sin rompernos una costilla por desaplicados y por brutos.

Leiamos periódicos, armábamos tertulia matutina, y me instalaba muy formal á dar leccion de español á una señorita y su mamá, que por uno de esos caprichos de mi destino,no solo me creian buen maestro, sino edificante cristiano, porque es de advertir que en la parte francesa de Orleans, lasmochitasabundan.

Terminada la leccion, que tenia muy agradables alegros de canto y piano.... unas veces solo, y otras acompañado de Joaquin, me lanzaba á lo desconocido.

En el cuarto de los viejos de Grunewald contraje relacion con el Sr. Dr. D. Nicolás Cortés y Verdad, así le llamaré, quien me invitó á visitar su casa con caballerosa instancia y formalidad.

El sueño de oro de mi amigo Nicolás es la restitucion del Sur á su pasado esplendor, época que espera con la fé que un judío la vuelta del Mesías.

Nicolás es cubano, hizo su educacion en Paris, se desvía con osada independencia, lo mismo de sus paisanos que tienden la mano menesterosos á la proteccion americana, que de los que venden su autonomía á los españoles, por falsas promesas ó por concesiones que disculpan el egoismo ó la debilidad.

Nicolás es alto, moreno, de lindísimos ojos negros y de una palabra que se podria llamar tropical, por su pompa y colorido.

Un pequeño y bien cuidado jardin, una escogida librería, dos ó tres piezas con su alcoba, su comedor y un cuarto de consultas, es la casa de Nicolás, albeando de limpia, templo del estudio, cesto de flores y nido de aves canoras, que él mima y chiquea con la diligencia de una niña.

Cuida y mantiene en órden perfecto la casita de Nicolás, su madre, anciana de cabellos blancos, ojos ardientes y llenos de bondad, y una dentadura, envidia del marfil.

Acentúa agradablemente el cuadro, un gran perro pinto de Terranova, que como que comenta con sus caricias ó gruñidos las sábias conversaciones del amo.

Mi llegada fué un acontecimiento feliz: eran las once de la mañana, hora en que suspende sus visitas el doctor para continuarlas en la tarde.

El perro festejoso salió á hacerme los primeros cumplimientos, como dando á entender que su amo le habia hablado de mí.

Nicolás salió del portalito de la casa lleno de enredaderas, tendiéndome la mano, y la señora quedó como en el centro de un cuadro de yerbas y flores, á la entrada de la alegre habitacion.

—Almuerzas con nosotros: no desaires á mamá.

—Y como que sí.

La mamá aplaudió, y precedida delSultan, era el nombre del perro, entró á dar sus órdenes, cuyos efectos hicieron patentes una botella de Jerez y dos copitas que nos pusieron delante.

Almorzamos alegremente: la señora supo sazonar con todas las pequeñas delicadezas de la mujer de nuestra raza, los manjares; y hubo aquello de:—Esto me figuré que le habia de agradar á vd.—Yo le dispuse.—No le ha de hacer á vd. daño.—Ahora, tomaremos por sus hijos.—Yo sueño con México...... Y otras finezas que, aunque uno tenga el corazon de piedra berroqueña, se da por entendido, y aunque sea de contino amargo como la hiel, se vuelve de azúcar.

El café lo fuimos á saborear en el estudio, viendo flores, oyendo el canto de aves: el que no sabe libar café.... quetomethé, ó si quiere, agua caliente; pero que no profane con tragos de gloton vulgar, la bebida del alma.

—Oh, y cuanto siento me dijo Nicolás (que ya he advertido que su pasion por la raza latina le hace injusto contra los progresos y las instituciones americanas), cuánto siento que nos hayas visitado en un momento de verdadera postracion: no visitas el Sur, visitas las ruinas del Sur.

En este Estado se cebó la desgracia; pero por fortuna tiene elementos inextinguibles de vida.

—Pues por lo que he leido y por lo que me aseguran personas entendidas, la regeneracion del Sur se verifica velozmente.

—No lo creas, Guillermo; en estos momentos, y por la abolicion de la esclavitud y otras circunstancias, el Estado de la Luisiana cuenta poco más ó ménos con 800,000 habitantes en una extension que basta para quintuplicar su número.

Tres cuartas partes de la poblacion están establecidas en las ciudades y solo una cuarta se dedica al trabajo agrícola. De aquí dos fenómenos: la miseria en los campos, y la escasez de la produccion en los pueblos. En todas partes el envilecimiento del trabajo.

La desaparicion, ó si se quiere la escandalosa depreciacion de la riqueza agrícola, hace que aunque se multipliquen las instituciones de crédito, como bancos, seguros, montepíos, etc., son realmente instituciones usurarias; los capitales cortos y en pocas manos, se convierten en elementos de extorsion.

De ahí las invasiones del capital extraño, y la falta de elementos de vida propia.

Las invasiones de que hablamos son de capitales de americanos del Norte, y alemanes, y ellos realmente tutorean y esclavizan la produccion.

Podria contrabalancear esta tiranía la industria manufacturera; pero en la Luisiana no tiene formal importancia esa industria, y las leyes protectoras de ella en el Norte, son precisamente para hacerla imposible en el Sur, que es bajo este aspecto una colonia abyecta del Norte.

Los Estados del Norte, al hacerse dueños y señores del Sur, tenian que establecer en él fáciles mercados para ensanche y consumo de sus productos, y de ahí sus numerosos ferrocarriles, esa maquinaria poderosa que suprimia la distancia y como que procuraba interceptar, abolir los vínculos que habia creado y cultivaba el Mississippí en todos los Estados del Sur.

La alucinacion que aun en las personas más ilustradas producen las grandes empresas, la desaparicion de la distancia, la supresion de los desiertos, la corriente de vida tendiéndose como nubes de oro sobre las altas montañas y la superficie de los lagos, dieron inmensa importancia á los caminos de fierro: se hablaba de ganancias fabulosas, se concedieron liberales primas, se despertaron á los gritos de la locomotora las ambiciones del Oeste y todo parecia concurrir sumiso al apogeo de los inmensos intereses del Norte.

Andando el tiempo, la baratura ficticia de los fletes del ferrocarril, encuentra sérias competencias con la conduccion por el Mississippí; el padre de las aguas recobra poco á poco su poderío, los capitales se ahuyentan al ver atravesar alegres las aguas á los vapores del rio.... y las huelgas del Norte vienen con sus horrores á dar un espantoso mentís áesa política de usureros y de jugadores á la alza y baja del crédito, refaccionado con los embrollos de los arbitristas políticos.

Esa calculada depreciacion de la tierra para conseguirla á cortos precios; esas combinaciones de tarifas, que no son sino organizaciones de explotaciones temerarias que reconocen como auxiliar la fuerza del gobierno; esa política que una vez estalló en explosiones sangrientas, tiene de renovar sus horrores.... y no importa que en la superficie se proclamen derechos, se celebren alianzas y se juren amistades eternas: miéntras las causas subsistan, han de reproducirse, más ó ménos tarde, los mismos efectos.

—Pero dime, Nicolás, cómo la gente pensadora de la Luisiana no pone remedio á una situacion tan violenta?

—Porque no encuentra cooperacion: los ricos, que vivian en el ócio y de los negros, lloran sus pérdidas, pero repugnan el trabajo; á muchos, la debilidad los conduce á cierta relajacion.... muchos no vacilarian entre el hospicio y el taller.

Por otra parte, y por más que ame yo á la raza latina, la educacion francesa cria hondas preocupaciones, preocupaciones indesarraigables contra la raza negra.... miéntras el yankee adula al negro y lo explota, no por humanidad ni cristianismo, sino para ganar con él las elecciones.

La gran cuestion de esclavitud no fué para mí (y así lo tendrá que confesar la historia), mas que una grande especulacion.

La operacion consistia en vender los hombres del Norte á los del Sur, y despues vestirse la túnica del Cristo para proclamar la redencion del hombre, aboliendo la esclavitud.

Lincoln no entró en esta indigna cábala: quiso conceder plazos al Sur para los acomodamientos con sus esclavos, tuvo en mucho la futura situacion del Sur, como hombre recto y honrado; pero las mismas circunstancias que habia creado lo dominaron, y no tuvo más arbitrio que seguir el curso de la impetuosa corriente....

—Entre las apuntaciones y las reticencias de mi relacion, continuó mi amigo, habrás visto la causa de la decadencia de la Luisiana.

—¿Qué más, dije yo, que la pérdida de sus sembrados de algodon?

—Esa es una equivocacion garrafal, me dijo mi amigo con ruda franqueza. La Luisiana produce poquísimo ó ningun algodon; pero este es natural depósito de los Estados limítrofes, y aquí se verificarian los mayores cambios del mundo, si no matara el tráfico el maldito sistema protector.

Los artículos de todos los mercados del mundo, aquí vendrian si se prestaran al cambio; pero heridos por los altos derechos, buscan otros mercados, y de ahí el fenómeno de que se prefieran en las Américas todos los efectos, quedando sin salida la produccion americana, resultando males de mucha trascendencia.

Los espontáneos y riquísimos productos de la Luisiana, son el café y el azúcar.

El Norte hizo poderosos esfuerzos y trasladó el depósito de café á Nueva-York; lo mismo sucedió con los azúcares y con todo el comercio.

Antes de la guerra, era una delicia Nueva-Orleans.

El centro del gran comercio de Orleans era el barrio frances; los más opulentos capitales eran franceses, y frances elidioma de la culta sociedad, aunque en el mercado compitiesen los dos idiomas.

Los muebles, las modas, los teatros, guardaban reminiscencias de Paris, y los hijos más distinguidos del país, aun de padres americanos, recibian en Paris su educacion y volvian á modificar con su influencia las costumbres de sus padres, simpatizando con la raza latina.

El viajero que en todo el Norte habia admirado la hermosura, tenia deliciosas entrevistas con la gracia, encontrándola en las seductoras facciones de las hijas del país.

Despues de la guerra, el idioma frances fué el idioma de la desesperacion y de la queja; el barrio frances fué el de la miseria y los despojos, y el lado americano se desarrolló como si le hubieran servido de abono los desechos de la riqueza extinguida y los despojos que dejaban á su paso la orfandad y la desolacion.

Al comercio frances se sustituyó el comercio nacido del concubinato del aleman y el yankee, ó como si dijésemos, para hacer una fábula, la zorra y el lobo.

El tabaco, que era la explotacion favorita de Orleans en el ramo de industria manufacturera, fué objeto de los cálculos del aleman; introdujo economías, perfeccionó procedimientos, se aprovechó cauto del contrabando, provocó las huelgas de los tabaqueros y logró al fin competir con el cubano, aunque éste le llevaba mil ventajas.

—Pues si tiene esas ventajas, ¿á qué debe su preponderancia el aleman?

—A lo siguiente: el cubano, como vdes., vive con el dia; el aleman ahorra, y en el ahorro hace consistir el aumento de su riqueza.

El aleman se sujeta á un plan de vida; el cubano vive al acaso.

Miéntras el aleman repara con nuevos esfuerzos un error de cálculo, el cubano lamenta su mala fortuna y maldice á los gachupines, lo mismo que vdes. al gobierno.

El cubano en la buena fortuna tiene dependientes á quienes manda; en la mala se aisla, y en los dos casos el paisano le es indiferente: el aleman se asocia, congrega á los suyos á su alrededor, y en un momento dado, concurre en masa al logro de sus empresas....

Para un aleman, un yankee es un loco de que puede sacar partido: el yankee á su vez ve al mexicano como á un mono que pudiera explotar, despues de haberse apoderado del árbol en que se guarece.

La ausencia completa de periódicos mexicanos escritos en inglés, el descuido de los negocios internacionales y otras mil causas, hacen que México se conozca muy poco; que desfigurado por los intereses, ya de los especuladores con el gobierno, ya de los tenedores de tierras en nuestras fronteras, ya por los revolucionarios que acuden á Orleans y otros puntos á proveerse de recursos, y á los que se les suelen brindar armas y gente más ó ménos perdida para agitar las revueltas en el interior del país, mexicano sea para el vulgo de los Estados-Unidos, sinónimo de turbulento, de holgazan y de incapaz para gobernarse por sí.

—Bien, dije á Nicolás; ¿y de qué viven los extranjeros que componen la poblacion?

—Los franceses, me contestó, se han apoderado del pequeño comercio: las fondas, las pastelerías, último refugio de sus grandes hombres; la lencería, la mercería de pacotilla, lapasamanería y las modas, son sus grandes recursos de subsistencia.

No faltan, por supuesto, sus vendedores de agua de Lourdes y sus viejas estúpidas de falla y caja de polvos, vendiendo libros de misa, medallas y rosarios.

—Con una de esas cariátides de sacristía tuvimos un altercado Alcalde y yo cerca de la iglesia parroquial, que fué para poner papeles en las esquinas.

—El comercio que los franceses cultivan con cierta importancia y riqueza, es el de las carnes. A la hortaliza se dedican los gascones con muy buen éxito.

—¿Y los italianos? Los italianos, como en otras partes de los Estados-Unidos, tienen casi monopolizado el comercio de las frutas, que traen algunas veces en barquichuelos, que equipan por su cuenta, de las islas inglesas y del Centro-América.

La señora mamá de Nicolás llegó en este momento brindándonos con más café, que aceptamos gustosos, y yo me despedí por ser la hora en que llegaba la carretelita del doctor, para continuar en sus visitas á los enfermos.

Serian las seis de la tarde cuando volví de mi paseo, y me encontré con que Joaquin me habia buscado como un alfiler.

Trepé á su buhardilla, me lo encontré componiendo su baúl (un baúl de que podia haber hecho cómodamente una habitacion portátil, con sus corredores, su estudio y su patio con sembrados adecuados), y me dijo triunfante:

—Vea vd. qué hallazgo!.... vea, y dé gracias á Dios de nuestra felicidad!

Y diciendo esto me alargó un convite como de teatro, que quiero copiar aquí, porque realmente para mí fué manantialde distracciones el descubrimiento de mi querido Joaquin.

Perdonen mis lectores la debilidad de carácter, y lean traducido ese anuncio, con verdadero cariño, como lo hice yo:


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