XVIIRepugnante escena de boxeadores.—Otra vez la calle de Broadway.—Los mendigos trapientos.—La mujer.—La "lady."—Lujo en el vestir.—Union Square.—Fábricas de pianos.—Hotel Delmónico.—Joyería de Tifany.—Observaciones arquitectónicas.—Estatuas.—Washington.
Repugnante escena de boxeadores.—Otra vez la calle de Broadway.—Los mendigos trapientos.—La mujer.—La "lady."—Lujo en el vestir.—Union Square.—Fábricas de pianos.—Hotel Delmónico.—Joyería de Tifany.—Observaciones arquitectónicas.—Estatuas.—Washington.
Serian las tres de la tarde cuando me tomó de la mano la curiosidad para presenciar una escena, mejor dicho, varias escenas, ó sea una corrida de boxeadores.
Era uno de losbar-room-theatres, á que ya habia asistido: las bancas del teatro estaban ahora á guisa de salon, y en la galería circulaban, como en la noche, entre damas y galanes, las provocativas sirvientes de licores, refrescos, ostras, piés de puerco y jamon.
Era aún la hora del canto y las representaciones; el público veia y escuchaba impaciente, porque lo llevaba el interes delpugilato.
En efecto, decian algunos sesudos personajes de gruesos bastones y luengas cabelleras canas, que se trataba del beneficio de unboxeadorcélebre, ornamento de la sociedad de ese nombre, cuyos principales miembros estaban retratados en un cuadro, precisamente en el salon inferior, en un departamento distinguido.
Continuaban las representaciones teatrales: en los intervalos, á los compases de la música, saltaban de sus asientos, intempestivamente, hombres y mujeres, convirtiendo en salon de baile el saloncito del espectáculo.
Llegó al fin el momento deseado: levantóse el telon, se retiraron los bastidores, colocáronse, circundando el escenario, robustos postes de madera que sustentaban los gruesos cables de que se improvisó el circo para las escenas salvajes.
Reinó profundo silencio, y apareció la primera pareja.
Eran dos hombres ya formados y de aspecto vulgar.
Cubierta la parte superior del cuerpo con sus ajustadas camisetas, sujetos sus pantalones negros de paño á su cintura por sus caidos tirantes, cuyo uso es aquí muy comun.
Entre los dos hombres habia un anciano de largo leviton, cariacontecido, con su sorbete hácia atrás y sus canos cabellos cayéndole á la espalda: abajo del tablado se veia otro personaje en pié, que segun dijeron, era el dueño del negocio, jefe de los boxeadores y como juez del palenque.
Hombres y mujeres mostraban atencion extrema.
Pusiéronse frente á frente los atletas: sus manos habian desaparecido bajo amplios y abultados guantes de gamuza amarilla, rellenos de lana y terminando en punta, de suerte que, al ménos, el guante no se contraia.
A un grito de mando, se dieron la mano cordialmente los combatientes, y comenzó la pelea.
Seguíase uno á otro como en la esgrima, espiando un instante en que disparar sus puños, perdian y ganaban terreno, braceando como dos nadadores: de repente uno embestia al otro, ó recíprocamente se acometian, descargando en ojos, en boca, en narices, sendos golpes que resonaban; repetíanse los encuentros, y en las vacilaciones y caidas, el público reia y aplaudia, como en un palenque de gallos.
Al ver á los boxeadores fatigados, se oia un grito; era del jefe: entónces se retiraban á los lados del teatro, jadeando; les suministraban traguitos de agua, los dejaban reposar y seguia el combate.
Pero aquellos golpes azotaban el rostro, se veia enrojecida la piel, se percibia pestañeando el ojo lastimado, y el público queria catástrofe, con descontento brutal.
Así se sucedieron las parejas, hasta la última, que era de los más afamados.
Eranse un jóven delgado, chato, de mediana estatura, cabello y ojos negros, y un hombre amarillo de carnes, de pelo lacio, anchas espaldas, y mirada indolente. Ambos combatientes vestian carnes. Restregaron con sus piés una poca de brea en polvo derramada sobre las tablas, y se lanzaron á los porrazos.
Llovian y retumbaban sobre los cuellos y los rostros las guantadas, se evitaban los golpes escabullendo los cuerpos, y enderezándose para caer furiosos uno contra otro, menudeaban cachetadas y reaparecian como devorando el hombre al hombre, en el espectáculo más repugnante y salvaje.
Se retiraron los boxeadores á tomar aliento: el viejo delleviton, que sobre el palenque habia seguido las peripecias, acudió con limones partidos, los exprimió en los labios de los embestidores, y les dió tragos de agua: despues, con una toalla, les hacia aire en los rostros, que despedian llamas.
Renováronse los encuentros feroces, con más brutales peripecias; entónces las mujeres y los niños aplaudian, oíanse furibundas carcajadas, estallaban estrepitosos palmoteos; y lo que á mí me tenia estupefacto, era que aquellos hombres que se embestian, que se azotaban los rostros y que mostraban los ojos amoratados, tenian la mirada impasible, solian sonreir despues de recibir un manazo que al espectador horripilaba; en los descansos se les veia como pensando en sus negocios, sin cuidarse ni del público, ni de la suerte que corrian su cuerpo y sus narices.
La descripcion es descolorida y fria: el espectáculo en sí no tiene comparacion.
Uno de losamateursde la lucha, que los hay como los soltadores de gallos y los chalanes corredores de béstias, decia que aquello no era sino el gimnasio con interes dramático; pero el interes es demasiado vivo.
¿Qué espectáculo es ese en que el triunfo es humillar á un semejante con remedos de injurias y de muerte? ¿qué diversion puede presentar esa pantomima de la ira y llevar la explotacion hasta desnaturalizar á la mujer y al niño?
La lucha es la ostentacion de la fuerza, que al fin es como una distincion de la naturaleza: la carrera es como el triunfo de la organizacion sana y entera: la lucha con la fiera puede ensalzar el arrojo temerario; pero esto es el asco del alma, el cinismo de la degradacion, el escupitajo á la frente de la fraternidad y la civilizacion.
Acaso son exageradas estas consideraciones; acaso la sublevacion de mi razon y de mis nervios me hace injusto; pero yo, en mi vida, me habia sentido más sucio de alma y más despreciable, que en el espectáculo de boxeadores.
Acabó la funcion y los cables del circo se convirtieron en barandilla de tribuna en que se anunció la más cumplida diversion para la semana próxima, premios y recompensas á los vencedores, sin permitirse guante acolchado.
—¿Cómo tienen cara estos hombres de censurar las corridas de toros? decia uno de nuestros compañeros al salir de la diversion.
La preocupacion de los animales de figura humana á quienes ví combatiendo, me tenia taciturno, no obstante que el estrépito que habia en mi alrededor en la calle de Broadway era desusado, y más que nunca se ostentaba caudalosa la concurrencia.
Ya he dicho que la parte de banqueta pegada á los edificios en Broadway, es un escalon en que están expuestas las mercancías á granel, y expuestas en tripiés, en bastidores, en nichos, ya levantándose columnas de casimires de cuatro y cinco varas, ya descendiendo de los dinteles de las puertas, como chorros y cortinas de agua musolinas y percales.
Yo ví como anuncios dos colosales espejos formando caballete, y á un americano muy sério componiéndose el cabello y arreglándose la corbata, como en su casa.
Parte de la calle estaba como nunca: habia máquinas de coser moviéndose solas; aros con cadenas y medallones girando sin cesar, cabezas en las peluquerías, que daban vueltas, fuentes pequeñas que corrian tras los cristales de lasfondas, y cilindros y cajas de música enviando á los transeuntes las notas de Offembach y de Lecoq, como desesperadas de que nadie les hiciese caso: la concurrencia corria como para verse enamorada de sí misma.
Yo no sé propiamente por qué ni con qué fundamento me habia figurado en los Estados-Unidos un tipo único: el tipo del yankee; es decir, rubio, delgado, fornido, de largas piernas y colgantes brazos, con sus mejillas escarlatas, su sombrero como de trapo, y sus piés anunciando su personalidad, con cinco minutos de anticipacion, al cuerpo del individuo.
Ese tipo arbitrario que nos hemos formado con la vista de los carreteros y gente ordinaria que viaja por nuestro país, casi no existe en la parte central de la ciudad.
Por el contrario, muchos hombres de tez morena, de cuerpo mediano, de pobladas barbas negras y de tipo latino, destruyen aquella caprichosa creacion.
Pero el dominio del trage negro, su elegancia, el cuidado en el lustre de las botas y en el acicalamiento del sombrero, y el andar precipitado de todo el mundo, son caractéres con que no se contaba, y da cierto aire dominguero y de festin al concurso, muy agradable, pero no extraordinario en cuanto á su fisonomía personal.
Parece por lo dicho, y de un modo tan superficial como lo hago, que no existen los pobres. Los mendigos no ejercen su profesion mostrando llagas ni deformidades; tocan un órgano en el quicio de una puerta, rascan el violin en una plaza, llevan al pecho una tarja escrita, contando la vida de San Alejo, y ponen á su frente un cuartillo de hoja de lata para que allí deje sus centavos el que quiera.
Los tipos de la gente abandonada y viciosa, mas bien que pobre, resaltan por el mismo contraste que forman. Son rostros tostados y rajados por elwhiskey, trapos que fueron paletós, sacos y chalecos musgos, llovidos, y de una mugre grasosa sobre la piel, fragmentos de calzado como costras de los piés, sombreros con vahidos, cuellos como de llama, con un aro de lienzo, que es cuello, segun el testimonio único del propietario: esos se suelen acercar pidiendo, pero disimulando, porque la policía tiene ojos de lince.
Donde se puede decir que reside lo característico de la concurrencia de esta ciudad, es en la mujer, que descuella libre y grandiosa, floreciendo como yo no habia visto jamás.
No se trata de prendas morales ni de comparaciones de belleza física; se trata de la elegancia del vestir y la hermosura considerada bajo el punto de vista artístico.
La mujer es alta, sus formas tan correctas y bien repartidas, que se adivina, al través del trage, la perfeccion de líneas y contornos.
El búcaro de alabastro interceptando la luz de la llama, apénas podria dar idea de su blancura, bajo cuya nieve, al deshacerse, sonríen los pétalos de la rosa. El óvalo perfecto del rostro, sobre cuya frente, en cascadas de oro, tiemblan espumas de delicados rizos, tiene cierta elevada fiereza, que subyuga; cae sombreada su mirada por pestañas como aureola de luz, y de sus frescos labios se desprende el reflejo de su dentadura de marfil, como iluminando sus sonrisas. Son grandes las manos, pero artísticas.... No hablo de los piés, porque esos piés no pertenecen al bello sexo.
El trage vulgar de laladyen el paseo que vamos dando, es negro ó de color, pero de seda. El talle es perfectísimo,se pinta casi al frente el vestido, se recoge hácia atrás, cae en burbujas de lienzo y como chorro, extendiéndose en amplia cauda que arrastra en el suelo.
El cuello, envidia del cisne, surge como un tallo de marfil por sobre borbotones de blondas leves como espuma; aretes y cadenillas bajan entre los rizos á esconderse en el seno, y remata el adorno en un milagro de peinado, con sombrerillo ó gorro con encajes, plumas y flores deliciosas.
Los guantes, la sombrilla, el abanico, el portamonedas, son inseparables de lalady, y se necesita que sea muy infeliz la fortuna, para suprimir esos adminículos que son como partes componentes de su fisonomía.
La recamarera gasta sombrilla, la cuidadora de los niños lleva guantes, canasta con verdura, y sombrilla, y gorro, la cocinera.
Anda enérgica y altiva lalady, recoge como al desgaire con su izquierda mano, sembrada de anillos, y que van besando las pulseras, su trage que revela calados y descubre encajes, y si la ven, ve más audaz, hasta humillar la mirada del que la persigue.
Por supuesto los ejemplares que sirven de contraste á esas beldades, son disparates en dos piés, blasfemias con chanclas, faltas á la vergüenza con pañolones, con chaquetas burdas, colgajos, arambeles y nudos insultantes, piélagos de trapos de todos colores, entre los que naufraga una fisonomía llena de arrugas.
Pero en este país la vieja lucha, pide amparo al corsé, al tirabuzon y al moño, le auxilia el gorro, le sigue en su decadencia el abanico y la sombrilla, no se rinde al destino, no se cuelga de un rosario, ya que no de un lazo, ni se agarra, como á una tabla, á un libro devoto, para sufrir el naufragio de las gracias....
Estamos al frente de la plaza de la Union (Union-Square).
En efecto, las calles que han venido y marchan como en tropel en distintas direcciones, abren paso, forman como tendido espacio para dar lugar al campo que viene de improviso á visitar la ciudad, con su cortejo de árboles gigantes y su alfombra de verde césped.
Es un cuadrilongo la llamada plaza, adornada de bancas de fierro y cruceros que encarrilan y acuchillan la verdura y forman en el centro espaciosas glorietas.
Vense por entre las tendidas ramas y los bellos calados del follaje, la fuente vaporosa que alimenta en sus aguas peces de colores.
En los troncos de los árboles se ven más multiplicados que en otras partes los gorriones perseguidores de gusanos, y algunas casitas tienen figuras caprichosas y sus letreros, como si se tratara de una ciudad aérea. Los letreros dicen:—Reten de policía.—Persecucion de bandidos.—El palacio de las aves.
Domina la plaza la estatua ecuestre de Washington, muy inferior, bajo el punto de vista artístico, á nuestra estatua de Cárlos IV; tiene 14 piés de altura la figura ecuestre, y todo el monumento 29: al extremo opuesto, y sin simetría, está la estatua de Lincoln y en medio la de Lafayette.
Como asistentes, ó haciendo los honores á la gran plaza, compiten arrogantes, levantándose, grandiosos edificios de ladrillo, piedra, mármol, fierro y cristales.
Por una parte, se descubre el edificio en que se venden los célebres pianos, tan apreciados en México, de Stenwayé hijos, y la gran sala de música construida bajo las mejores reglas acústicas.
Junto á una iglesia desairada, aunque de construccion reciente, está el Hipódromo, teatro de los ejercicios ecuestres, en otro tiempo de gimnásticos distinguidos.
Los grandes Hoteles de Everett y otros, están al Norte y como brindando á la plaza sus obsequios, en competencia con la célebre fonda de Delmónico; y por fin, al Oeste, en un extremo, se ve un edificio negro con filetes de oro en sus columnas, ventanas y cornisas del primer piso, que tiene cristales de cinco y seis varas, gruesos como paredes diáfanas.
Ese edificio es la célebre joyería de Tifany y C.ª de Paris, que ocupa el lugar donde ántes estaba la iglesia Puritana del Dr. Cheever.
La joyería tiene cinco pisos, y en cada uno de ellos nos sorprende con nuevas invenciones el lujo, y con más inesperados caprichos la naturaleza y el arte. No seria exagerado decir, que lo que abarca la simple vista puede importar sobre cinco millones de pesos.
Sentéme con Francisco frente á los árboles.
—Ve, me decia, la falta de buen gusto que se echa en cara, exagerando á veces, á los americanos.
Esos edificios son altísimos, y no de palo sino de cantería, de mármol y de fierro; pero mira qué angostos y espichados; las ventanas, así colocadas, les dan aspecto de troje: esa es la arquitectura del palomar.
Mira esos dos edificios amarillos como dos dominós; uno, sin embargo, es el Hotel Everett.
—No despiertan ideas de casa, son como muebles, pareceque se van á trasportar, parecen roperos, son como un hombre forrado en un lienzo de cuadros; por eso los costados son impasables.
LIT. H. IRIARTE, MEXICOEl Niágara.
LIT. H. IRIARTE, MEXICOEl Niágara.
LIT. H. IRIARTE, MEXICOEl Niágara.
No hay proporciones de altura y anchura, no la balconería saliente, no la cornisa, no la azotea que la corona; no hay fachadas, hay forro; no se trata de edificios, sino de estuches colosales, de amontonamiento de piezas.
—Es cierto; pero esos otros edificios no están en el mismo caso, me decia Francisco con su imperturbable buen sentido: allí está la columna y el ancho espacio de la ventana, el balcon y el pórtico.
—Verdad, insistia yo; pero esas son excepciones: en esta calle, como en otras, y siempre la parte alta, es el palomar y el granero.
Muchos de esos balcones son como cenefas, como balaustradas, no tiene con ellos que ver la gente, y esos claros son el nicho. Ahora, niega que ese Lincoln parece un acólito; que ese caballo de Washington tiene un cuello como un contrabajo y que ese Lafayette parece un peluquero que va de prisa á su negocio.... y esa estatua es de Bartolli.
—No te apasiones; tienes razon en cuanto á que deberia haberse cuidado de la forma; pero estas estatuas contienen grandes enseñanzas y profundas miras, miéntras que, ¿qué es lo que representa como enseñanza nuestra magnífica estatua ecuestre? A Cárlos IV ménos digno de la estatua que su caballo, y más paciente que un buey.
Yo no me canso de admirar á Washington y olvido los defectos de su estatua.
Washington es de los pocos hombres que glorifican lahumanidad. Es la más grande y noble personificacion de la virtud patriótica; es la realizacion del ideal del ciudadano.
Honradez profunda, sentimiento íntimo de la libertad, olvido de sí mismo por amor al pueblo: ¿qué más puede gloriar á la especie humana?
—Washington nació en Virginia, ¿no es cierto? interrumpí á Francisco.
—Nació en Virginia, siguió diciendo, en 22 de Febrero de 1732, en el condado de Westmoreland, y murió en medio del conflicto con la Francia en Mont Vernount, el 14 de Diciembre de 1799.
De oro deberia ser esa estatua, continuó Francisco, con pedestal de piedras preciosas.
No ciñe el génio con sus resplandores su frente; en él nada deslumbra, todo persuade y conmueve.
Idólatra del deber, su vida entera es una consagracion sublime; la verdad forma la base sólida de aquella conviccion del hombre honrado.
Concentra en la libertad individual, es decir, en el derecho por excelencia, sus más firmes creencias, y hace ciertos los que parecian ensueños para la exaltacion de la dignidad humana.
El hombre en la integridad de su conciencia; el hombre en la incolumidad de su razon y de su accion; la libertad sin otra cortapisa que el ajeno derecho para producir la armonía universal, esa es la mision de Washington y esa la tendencia augusta de la verdadera civilizacion.
Así, todos y cada uno saben que gobiernan y que asumen la responsabilidad de la suerte de la patria.
Las civilizaciones antiguas, acaso por reminiscencias dela India y de la Grecia, pero caracterizándose en la romana, crearon dos entidades diferentes, mejor dicho, antagónicas de los pueblos y los gobiernos; hicieron incompatibles sus intereses, y no hubo sino pobres y ricos, nobles y plebeyos, oprimidos y opresores.
Para la creencia el sacerdote; para la accion el funcionario; para la defensa el soldado, que no son sino mutilaciones de la personalidad. Washington reintegró al hombre en sus derechos y engendró el sentimiento eterno de la libertad, que no es, en último resultado, mas que la glorificacion del derecho.
El Gobierno, segun ese redentor de las naciones, no es sino una fraccion del pueblo encargado del órden; no fabrica felicidad, no construye moldes para sabios, ni para directores de escena; pone sencillamente las condiciones para el desarrollo de los pueblos. Mata la explotacion del hombre, rompe los mostradores y las vendutas de falso patriotismo, y las drogas políticas y religiosas de todos los embaucadores.
Segun el sistema antiguo: la tutoría, el escarmiento, la lucha de vencedores y vencidos. No cabe medio: domina el elemento popular encendiendo la guerra en el Gobierno, se exalta éste á expensas de las libertades públicas. El motin, la guerra. El farsante que se llama héroe, el cómico que se atavía con los arreos de vengador de los pueblos. Sistema de Washington: el amor y la paz.
—Tienes razon, Francisco; pero eso está en la raza ó en la educacion: yo por eso no concibo un Washington frances, ni italiano, ni español.
—Cumple Washington un deber, como una funcion natural, lo mismo victorioso en Boston, que retirándose entre las nieves del Delaware.
En medio de sus tropas, cuando más necesidad habria tenido otro hombre de prestigio, le pide el Congreso cuentas de los caudales públicos, y él descubre su cabeza, y obedece hasta hacer perceptible la inversion del último centavo. Rehusa toda recompensa; y el franqueo de su correspondencia, que no valdria un peso por semana, acepta como premio de sus servicios.
En cuanto al tipo del hombre: niño, le sorprenden en un juego en que rompe un arbusto y se confiesa culpable, desafiando la cólera paterna ántes que mentir.
Anciano, torna victorioso de sus campañas, aclamado padre del pueblo; deja á distancia las tropas para dirigirse á su santa madre, y en la larga conferencia, ni una sola palabra se habla, ni de las hazañas, ni de la posicion política del héroe.
Observa perfectamente Bastiat lo que tienen que influir en el mundo los recuerdos de la gloria romana y los caractéres de la idea democrática: á los unos pertenece la holganza de las clases, el estrépito de las conquistas, la ostentacion de la fuerza, el carácter épico de los héroes: á los otros conviene la paz, el trabajo, la desaparicion de las conveniencias personales para que la ley impere: el respeto al derecho en todo y para todo. Tal es Washington.
Washington fué grande, porque fué bueno, y fué héroe, porque supo olvidarse de sí mismo para pertenecer y servir al pueblo. Viendo así á la estatua, le disculparás sus defectos.
—Bajo ese punto de vista, Lincoln me parece un Mesías;esa estatua es como un signo de redencion. Lafayette mismo simboliza el amor á la libertad.
—Para que rectifiques tu juicio sobre lasportaviandasypalomares, como estás dando en llamar á los edificios, te llevaré por otras calles, y verás que hay de todo en la viña del Señor.
Ya verás: por ahora se puede decir que solo has saludado la calle de Broadway; ya verás los piés del gigante; ya tornarás los anteojos de teatro por los vidrios pequeños: tomaremos aquí un refrigerio....