VII

VIILas calles de dia y de noche.—Remates.—Embaucadores.—El parque.—Casas de placer.—Calle de Dupont.—Barrio Chino.HEMOS indicado cuánto es el movimiento, cuánta y cuán viva la animacion en las calles centrales del comercio y en las próximas al muelle. De dia hacen ostentacion de estas cualidades las calles de Kearny y Montgomery, con sus efectos de lujo; las de California y Sacramento con el movimiento imponderable de sus bancos; la de Battery y otras con la carga y descarga de sus efectos en los almacenes, y todas con la mezcla de placer y de los negocios que dan al conjunto una fisonomía alegre de bienestar y contento.Lo que no es describible es el conjunto, por más que muchas veces lo haya intentado. Esas masas gigantescas de edificios austeros, atrevidos, uniformes y pesados en su partesuperior, descansando sobre nichos de cristales inmensos sostenidos por ligeras columnas; esa especie de fabricacion aérea, esa luz que corre bajo el macizo de la construccion de siete y ocho pisos, y que forma como bosques de lienzos, de joyas, de muñecos, de tocados, máquinas y figurines, eso es lo que se necesita ver para formar aproximada idea de lo que se quiere describir.Atraviesan sin cesar las calles carros y carretas de todas formas y dimensiones, desde elvoguecon sus dos colosales botes de hoja de lata del vendedor de leche, hasta carretones que llevan montones de tercios y de baules. El pan, la verdura, la carne, la cerveza, la soda, todo se conduce en carros y se proclama en todos los tonos, con insistencia grande, aunque en acento desgarbado y monótono.El negociante atraviesa en su quitrincillo tirado por un caballo y sube y baja haciendo su negocio; trepa el ómnibus las cuestas afanoso, llevando de trasporte familias enteras; wagones innumerables se cruzan rápidos con un tumulto de viajeros á su retaguardia, y en landós soberbios y carretelas abiertas van las damas, recostadas entre pieles negligentemente y dando al aire los velos blancos que revuelan sobre las flores de sus primorosos gorritos.Negrean las calles de los bancos con caballeros uniformemente vestidos de negro, y como para una gran festividad, con sus sobretodos al brazo como si estuvieran á la entrada de la ópera, culebrean y se agolpan los chinos vestidos de azul, con los brazos abiertos en actitud de vuelo, azotando las trenzas su espalda, dejando ver sus medias blanquísimas como nieve y sus zapatos ó babuchas de chalupa, con los que andan muy desembarazados, y entre esegentío se abre paso con su sombrilla laladyvestida, con deslumbradora elegancia, de pieles, terciopelos y sedas, reverberando de soguillas y pedrería, ágil, risueña, quemando, desesperando á los inexpertos hijos de Adam.Se deslizan y caracolean en todas direcciones vendedores de diferentes artículos, que excitan ambulantes el apetito, y atacan insolentes los bolsillos.Cajoncitos con ramos de flores: cacahuates y naranjas en carritos de mano; cortaplumas, botones y corbatas, limonadas y refrigerios, en cajones sobre tripiés.El sentimiento de igualdad se lleva tan al cabo aquí, que hasta las que yo habia tenido como naturales categorías de las mercancías, desaparecen. Entre una joyería y una tienda de modas, invadiendo la banqueta, esperan marchante las frutas, el apio, los botes de conserva, el jabon y los zapatos. Interrumpen las hileras de tápalos, casimires y sombrillas, sendos cuartos de carnero ó de res pendientes de sus clavijeros y tirando delschaló la mantilla á los transeuntes. Una iglesia deja escuchar sus himnos gravedosos al lado de un establo en que se forcejea con la curacion de un cuadrúpedo. Junto al portátil despacho de aguas minerales, están los periódicos en todos los idiomas, con sendos rubros de sus novedades, y lado á lado de la juguetería de los niños, hay figuras anatómicas anunciando á un cirujano ó á un dentista.La botica constituye un ramo de comerciosui generis: hay con profusion cajitas de píldoras, botes y botellas que todo lo sanan, que prolongan la vida, que reconquistan la fuerza y la hermosura; pero en la botica se expenden toallas, corbatas, perfumes,protectorespara el pecho, ojos de vidrio,bragueros en número estupendo y no sé cuántas cosas más.Es de rigor que las boticas ostenten suma elegancia y que sus gigantescos botellones con aguas de colores sirvan de guía en las noches, como faros á distancias inmensas. Los aparatos de mármol para las aguas minerales heladas, suelen valer dos y tres mil pesos. En México hay uno de estos en la botica de la calle de Tacuba.En este país inquieto, voluntarioso y movedizo, losrematestienen importancia especial. La gente, al trasladarse á otro punto, todo lo abandona, cambia de localidad como la víbora de piel, sin retener ni reservar nada; parece que desea abandonar hasta sus recuerdos; pero eso sí, sacando partido.Por todas las calles hay remates.Congréganse carros y carretas, colchones, cuadros, pianos, útiles los más inciviles de la vida íntima; y así como todo lo deja el emigrante, todo se apropia sin el menor escrúpulo el que queda, sin cuidarse de la procedencia y haciendo uso inmediato de los desechos que remata. Lo mismo sucede con los sombreros, con los zapatos y con la ropa que llamande segunda mano.Todo el tragin que hemos procurado bosquejar de dia toma en las noches otro tipo, sin dejar su actividad febril, á lo ménos en las calles principales.Pero la noche es el misterio y lo fantástico con que se complica admirablemente la luz artificial.En varias esquinas, en alto y á la luz de las antorchas, se miran los mil suertistas, embaucadores y charlatanes en que tanto abundan estos lugares.Ya es un hombre que traga á puñados copos de algodon y por la manga de la levita le sale hilo de la mejor calidad, vendiendo sus carretes á alto precio. Ya es un sabio que hace funcionar su máquina eléctrica para hemorragias, reumatismos, dispepcias y qué sé yo cuántas lacras y achaques de la triste humanidad. Ya el propietario de unos pajaritos que predicen el futuro, acarreando papelitos de diversos colores en el pico. Una gitana dice la buena ventura á unos labriegos, miéntras un espiritista denuncia sus conversaciones con el alma de Señora Santa Ana ó de Booth, el asesino de Lincoln. Un Arago callejero explica los fenómenos celestes al frente de un telescopio por donde todos ven oscuro, y un perro sabio adivina lo que tiene uno en el bolsillo y la chica que más le confronta de la concurrencia.Los cafés cantantes, los teatros deMinistrils, los totilimundis y los saltimbanquis, se anuncian con músicas de viento, sin cesar por ello los cilindros, haciéndose rajas con los carcajeos de Offembach ó las salidas picarescas de la Fille de Mad. Angot, miéntras tres desgalichaos músicos de la Murga con su arpa y sus violines, sus sorbetes y sus levitas raidas, gimen sus himnos á Garibaldi, con un sentimentalismo como de quien no ha probado bocado en todo el dia.En las noches de luna, los parques y jardines son muy concurridos, viéndose en el parque, enCliff Housey en otras casas de campo, concurrencia hasta muy entrada la noche.Pero donde se concentra una animacion nocturna que sorprende al viajero, es en la calle de Dupont y sus alrededores.Esa seccion de la ciudad, en una extension como de tresmillas y con muy contadas excepciones, se compone de estancias habitadas por elegantes sirenas, que atraen con sus cantos y sus hechizos á los frágiles mortales.Las bellas habitadoras de esas mansiones se exponen dia y noche en las ventanas de sus habitaciones, cuyo interior se percibe desde fuera.Alfombras, espejos, candelabros, estatuas y el indispensable piano en perpétuo ejercicio, se distinguen en esos templos del ocio.Las hermosas en las noches suelen estar á la puerta de su negociacion, vestidas de fantasía. Sultanas, sacerdotisas, griegas, amazonas, divinidades olímpicas, alternan en todos los idiomas, invitando al viajero á tomar descanso y encareciendo las grandes recomendaciones de los establecimientos.En algunas casas las escalerillas que dan á la calle están llenas de jóvenes de deslumbradora hermosura, y se oyen de lo alto de los escalones todos los idiomas, como divertida parodia de la torre de Babel.Inglesas, francesas, chinas, españolas, rusas, americanas, parecen con el destino único de alimentar el bien parecer y la sociabilidad, y en enjambres los viajeros acuden á hacerse cargo de esa instruccion al aire libre, competentemente encerrada por la policía en determinados límites.Pero yo no sé: cuando entre nosotros se lanza una infeliz á esas distracciones, la miseria, el desengaño, algun móvil que se relaciona con misterios del corazon, son determinantes de su fatalidad. En lo poco que yo pude estudiar de estas desgraciadas, no es así: disponen de sus gracias como de una mercancía, se trata de su venta como un expendedorde licores ó de lienzos, el tráfico es en frio.... descarnado, calculado, se valúan los cambios.... y se lamenta ó se aplaude la alza y baja de la demanda, como al tratarse de la melaza ó del tabaco.De este modo, en la joyería, en la fonda, en el hotel, en el baile, se sazona con la presencia de una hermosa el comercio, como si se tratara de conducir allí una caja de música ó una bombilla de cristal con pescados de colores.Siguiendo las calles de Dupont y las de Jackson, se van viendo en las puertas los nombres deMiss Emma,Miss Virginia,Srita. Adela, para que no quede duda y para que no extravíe direccion aquel que suele recibir una tarjeta en medio de la calle.En unas de esas quiebras de las calles Dupont y Jackson, residen las chinas.Sabido es que las chinas de alguna distincion no ven la luz pública, y que las aventureras que han logrado fugarse del celeste imperio son de la peor ralea.Se compone su vestido de un saco y una enagüilla. Tienen como zorongo y abultados bucles de cabello cerdoso y reluciente sobre las sienes.De tez amarilla, chatas, de ojos en diagonal, que parecen arrancar desde la frente, boca grande y labios delgados, con pintura escarlata en los carrillos: esa es la china. No lleva sobre sí harapos, ni denuncian rasgones su mala fortuna; pero hay algo del ocre y de la cera de Campeche en su atmósfera, que repugna.Por lo demas, la china es el sér más atrevido, más desvergonzado y repugnante de cuanto se puede imaginar.Habita cuartitos sucios y desamueblados que constantementeestán cerrados; pero tiene en su puerta unos boquetes cuadrados con su puertecilla constantemente abierta; por allí asoma la china su fisonomía aplastada y saca sus dientes teñidos de colorado, con una raíz que masca y le comunica ese color de sangre que repele.Pero muchas chinas no se conforman con su encierro: se posan en el medio de la calle y se abalanzan al viajero, agarrándole del vestido; uno de nuestros amigos, entrado en años y circunspecto, dejó, parodiando á José, la solapa de su levita en descomunal batalla con una de esas paisanas de Confucio.Leed lo que escribia en mi cartera el 2 de Febrero de 1877, y que pinta mis primeras impresiones en el Barrio Chino.“Saliamos contentos algunos compañeros y yo de la fonda.Los recuerdos de la patria, las evocaciones á la juventud, y el vino y elrompope, tenian alegres nuestros corazones y traiamos á las vueltas la historia antigua y moderna de México, la crónica escandalosa, las ilusiones perdidas y las esperanzas al perderse, cuando sin antecedente alguno, del modo más repentino y más inesperado, al doblar una calle, como por mágia, estábamos en China.En las aceras van corriendo en giros encontrados dos raudales de hombres y mujeres, vestidos de una manera imperturbablemente uniforme. Amplio pantalon azul, calzado ó babuchas como chalupa, con la punta hácia arriba, y una franja blanca ántes de la suela, blusa azul hasta la rodilla y anchas mangas, largo y bien rasurado cuello, rapada mollera, con un islote de cabello espeso en el centro, de donde se desprenden para enroscarse en la propia cabeza ó flotar á laespalda, luengas trenzas de más de vara, con su mota de cordon ó seda en la punta. Esas trenzas se equivocan con la cola del mono, no sé por qué.Las casas de tráfico, con pocas excepciones, están como amontonadas al ras de la calle, ó en hondos subterráneos húmedos, mal alumbrados, llenos de embarazos y suciedad.Ya son fruterías con naranjas colosales, nueces de figura de riñones que saben á la vez á coco y á nuez: unas raíces de preparacion particular, que tiñen los dientes y la saliva de color de sangre, y en tiendas más elegantes, á la usanza americana, chucherías mil, de marfil, de ébano, de bambú y madera comun, con barnices deliciosos.Joyas de oro, tejidos de seda con los matices y la levedad de los colores del íris, y pájaros desecados y pinturas que asombran por la perfeccion del trabajo.Todo esto lo veiamos en una especie de tumulto, entre gritos como ladridos, y desesperándonos la algarabía de instrumentos en que el rechinar de la carreta y el tirabuzon, rozando con aspereza el corcho, nos habrian parecido arrullos de tórtola.En medio de aquella balumba, en que perdia para mí toda su reputacion filarmónica el celeste imperio, alcé los ojos.Los terrados, las flores, las personas, no ofrecen diferencia alguna con las pinturas que vemos, creyéndolas fantásticas, en tibores, biombos, cuadros y muebles chinos.Son los balcones salientes y como encerradas sus puertas en cuadros ó jaulas formados por las celosías.Lámparas con grandes borlas ó colgajos de seda carmesílos adornan, y flores importadas con especialidad del Japon las embellecen.El lirio japonés, que es aquí muy comun, tiene sus tallos como la azucena, se conservan á la sombra, se desarrollan entre pedrezuelas que se humedecen y producen flores como de cera.Los artefactos son muy variados y me producian extrañeza, aunque conocia algunos, desde los juguetes de los niños, hasta los trages de los mandarines y sacerdotes.Para los niños hay trompos á los que se da cuerda, y al bailar se deshacen en variedad de trompitos de colores que bailan á la vez.Hay caprichosos ejercicios de paciencia para combinar los colores y para vencer dificultades, como los nudos mágicos y el freno del gato.La porcelana se ha docilitado entre los japoneses á un punto que parece imposible. Se enrosca, se escurre, se volatiliza casi, y al trasparentarse, revela colores ignorados á la simple vista.La madera en sus barnices y su levedad, que la confunde con el carton, presenta mil bellezas.Pescados que plagian á los naturales con perfeccion, y adornan charolas, azafates y platos, bandejas, picheles y tazas con flores y pájaros realzados, desesperacion del pincel, del bajo relieve y el buril, y partes en que parece se ha condensado la espuma para que en ella se realcen edificios, árboles, navíos, hombres, mujeres y niños.Me llamó la atencion, entre mil cosas, la filigrana, emulando el cabello por su flexibilidad y sutileza en muchas joyas. Diré en este particular, para desahogo de mi orgullo,que mostré en una tienda unas mancuernas de filigrana que poseo, obra de mi querido amigo y compadre José Carrillo, que tiene su taller junto al núm. 30 de la calle de Ortega, y produjeron admiracion entre aquellos artistas, ofreciéndome por ellas alto precio.Ví unos bastones de caña, ligerísimos como plumas, que encierran otros y otros que se desenvainan hasta prolongarlos de un modo increible.Admiré barcos, jarrones y columnas de marfil como tela de huevo, llenos de paisajes deliciosos.Por último, me extasié al frente de la cabeza de un pájaro hermoso, en cuyo pico, que tiene la figura del de la guacamaya, se esculpió un bajo relieve aprovechando las plumas y los accidentes de aquella cabeza, para producir un edificio fantástico en miniatura, de maravillosa perfeccion.No habria salido jamás de aquel laberinto de primores, si no me hubieran conducido mis compañeros á la fuente del ruido incesante, que se oia por todas partes vibrar y repercutirse, producido por dos enormes círculos de metal, extension gigantesca de los platillos de nuestras músicas de viento, y que forman la boruca más aturdidora, sin dar tregua á la algazara un solo instante.Estábamos en el teatro; apénas pude ver el recinto medio oscuro azuleando de chinos, fumando opio ó tabaco, con sus fieltros echados hácia atrás, dejando ver las pieles amarillas, las narices aplastadas, las bocas enormes, el conjunto pasguato y desgoznado. En México hay muchos que tienen caras de chinos.En el conjunto de aquella concurrencia me hacia esfuerzopara conocer á las hembras, que se me resiste llamar bello sexo.El teatro es semicircular, con una sola galería, como una gran cornisa saliente.Esto apénas lo distinguí, porque me dediqué de lleno á ver la representacion.No tiene telon ni decoraciones el proscenio; en el palco escénico, al frente del espectador, está una mesita de madera blanca, entre dos puertas, y á su lado la orquesta que consiste en elgongoócomalde metal, y unos bolillos de palo sonorísimos, que golpean contra piedras. Una especie de violines de la hechura del mango de una guitarra y algun caracol ó trompeta; esa es la orquesta, cuyo conjunto forma cuanto puede inventarse de más rasposo, horripilante y asesino en materia de ruidos.Entre aquel golpeo embriagador del gongo, se ven carreras desaforadas, gesticulan caras estrambóticas, se encogen y desplegan actitudes de verdaderos demonios.... Atencion, me dijeron, se está verificando la batalla....Sale por ejemplo un caudillo con sus alas blancas, con su túnica riquísima de sedas de colores y oro, con su casco y su espada, dirigiendo á unos hombres desnudos de medio cuerpo.Encuéntrase este grupo con otro, que sigue á distinto caudillo; si aquellos hombres del primer grupo tenian la parte superior del cuerpo desnuda, éstos tienen la inferior. Embístense las legiones, luchan, se ruedan por el suelo, dan machicuepas, se revuelcan como unos frenéticos. La victoria se declara por el primer caudillo, que es una caricatura de San Miguel Arcángel.Los chinos victoriosos desfilan con una celeridad que apénas puede seguirse con la vista, corriendo, dando brincos increibles y vueltas en el aire, completándose en el vuelo circular que remedan, la parte desnuda de los unos con la parte vestida de los otros, como si estuvieran pintados en una rueda que diese vueltas en alto.Los vencidos, en medio del tragin, ponen obstáculos á la festividad vertiginosa; obstáculos que consisten en amontonar mesas y sillas, sobre los que se precipitan los retoños del celeste imperio, como si se desensartaran de un hilo multitud de cuentas azules que rodaran sobre planos inclinados en todas direcciones.El ruido no cesa, y á su golpeo, que no se puede llamar compás, salen diversas cuadrillas de combatientes, entre las que me deslumbró por la riqueza de sus vestidos, una que remedaba padres con casullas y dalmáticas de seda y oro y de bordados espléndidos, que valuaron los conocedores en muchos miles de pesos.Nuestra completa ignorancia de la representacion hizo que pronto degenerasen en monótonos los saltos, los alaridos, el ir y venir y las posturas puntiagudas, cuadrangulares y diabólicas de los actores.Segun mis confusas reminiscencias, aquella era una representacion histórica, en la que un erudito habria encontrado rastros de las religiones orientales y de la nuestra; pero aunque la ignorancia es atrevida, en mí, no lo es tanto que me arriesgue á indicar mis conjeturas, y dejo las cosas de tal tamaño.Miciceroneme aseguró que aquella representacion duraba muchas noches, siempre atrayendo igual gente.En efecto, en los intervalos de los saltos, los grandes personajes hablaban, y entónces se notaba en el concurso viva atencion, señales de interes y aun lágrimas.Las mujeres se sitúan en la galería, separadas de los hombres.Durante la representacion, circulan entre los espectadores, gentes que venden bizcochos, dulces, tabacos y refrescos.Salí del teatro atarantado, como si hubiera estado en un campanario durante un largo repique.Apénas habiamos dado unos cuantos pasos en la calle, cuando nos detuvimos frente á una puerta, de la que arrancaba una escalerilla de palo angosta, pero cómoda, y nos encontramos al acabar de ascender, en un elegante salon chino. Era unrestaurant.Tiene dos pisos elrestaurant. No daré cuenta del primero, porque estaba cuasi á oscuras. Nos instalamos en el segundo piso, que se iluminó convenientemente.Las mesas son redondas, color de café oscuro, con ese barniz peculiar á los muebles chinos, que semeja al barniz de nuestrasjícaras.No usan sillas, sino unos banquillos, que cuando no están de servicio, se hacinan en un rincon.En las paredes están como sobrepuestas celosías de madera con pinturas exquisitas, y sobre las puertas hay cornisas y goteras con labrados, que figuran frutas, flores y árboles de notable perfeccion.Muebles, adornos, manteles y lámparas, todo es rigorosamente chino é importado de aquellas regiones.En este particular es tan estricta la observancia de consumirtodo del país, que muchos comestibles son chinos. Hay en almacenes hacinados patos que parecen cachuchas dobladas y que se inflan y ponen en venta: los cerdos llegan barnizados como de madera fina, como guitarras, y muchas frutas y legumbres empacadas.Pedimosté, que genuínamente se pronunciaCham: tendió el sirviente el mantel y nos pusimos en tren de hacer la libacion Asiática.Colocaron en la mesa panecillos y dulces: los panecillos del mismo sabor y figura que los que conocemos con el nombre depolvorones; uno de los dulces sabia á dátil, los otros tenian parentesco con las pinturas de aceite y los menjurjes de botica.Colocó el doméstico frente á cada uno de los compañeros una pequeña tacita al ras del mantel, y á corta distancia una especie de dulcera con su tapa. En aquella ánfora pusieron gran cantidad de hojas de thé y le vertieron encima agua hirviendo. La tapa de la tetera se desvía para dar salida al thé, que corrió á nuestras tazas perfumando el salon.Alegrísimos se pusieron los chinos con nuestras señales de aprobacion, advirtiéndonos que aquella era la primera toma, que seguirian la segunda y la tercera, haciéndose más concentrada y aromática la bebida.Nuestros sirvientes, acompañados del dueño ó encargado del establecimiento, nos hicieron ver minuciosamente el salon.Antes nos explicó uno de ellos la manera de servirse las comidas.En una mesita de las que veiamos, é igual á la en que estábamos sentados, se colocaban los convidados. Del frentede cada uno de ellos parte una fila de platos con manjares; los platos son de mayor á menor, formando el conjunto como los rayos de una rueda, mejor dicho, los platos y platitos forman una estrella. Los platos grandes son para los manjares, los pequeños para los dulces. Sobresale entre las bebidas el sabor del agua-cola, y entre las comidas el de la asafétida. Con eso queda hecha la apología de la cocina de los chinos.Véamos el salon detenidamente.Grandes arcos y cornisas de madera calados, figurando pájaros, pescados y flores: lianas que cuelgan de las puertas y parecen temblar con el viento.En la gotera superior, en delicadísimos bajos relieves, vimos figuras y caractéres que nos dijeron referirse á la vida de Confucio, á episodios de sus viajes y la traslacion de sus sábias máximas.Al subir del primero al segundo piso para retirarnos, nos detuvimos frente á un mostrador en que se encontraba el director de la negociacion y el dependiente principal.El primero de estos personajes fumaba su pipa, de pié, pero recostado en el armazon de aquella especie de cantina.Tenia el director entre sus labios su pipa como de ébano, con boquilla y preciosos adornos de plata. La pipa consiste en un tubo delgado, como de una tercia de largo, y remata en una pequeña cazoleta donde apénas cabrá la yema del dedo meñique: allí está ardiendo una bolita poco mayor que un garbanzo: ese es el opio, que constituye la delicia y que consume la existencia de los chinos.En el fondo del salon se ven unos pequeños cuartitos consus cortinas: dentro, sobre tarimas, hay grandes cojines; allí se encierran los fumadores de opio.... á olvidar la realidad de la vida.... soñando cosas encantadoras.... Pues, señor.... ¿eh?....El dependiente tenia entre sus manos una especie de bastidor con alambres horizontales, y en ellos, ensartadas unas cuentas de palo. Eso se llamaabaco.Empujaba las esferitas aquel chino, como una rezandera ejercitada las cuentas de su rosario.—Así hacen sus cálculos estos hombres, nos dijo nuestro guía, y resuelven las más complicadas operaciones de la aritmética.Aventuramos pruebas haciendo preguntas al dependiente, y quedamos sorprendidos de la celeridad y exactitud de los contadores.A mano derecha del dependiente estaba un pincel y en un trastecito pequeño la tinta de China con que escriben, poniendo unas abajo de otras, letras y palabras en líneas perpendiculares, como todos conocemos.Al despedirnos, el obsequioso sirviente nos dió las tarjetas del establecimiento, en inglés, pero con su traduccion en chino, para mayor claridad.El 13 de Febrero es el dia de año nuevo entre los chinos.Se saluda el dia con salvas, que se hacen quemando manojos de cohetes forrados en badana, que ya conocemos, y que producen el ruido de una matraca, ó como en nuestros fuegos artificiales cuando se quema la parte superior del castillo (bouquet).Pasean los chinos las calles sacando á luz sus más ricosvestidos: los de los personajes y mandarines valiosísimos.El Barrio Chino está extraordinariamente animado ese dia; atraviesan sirvientes con largosbambous, de cuyas extremidades cuelgan canastas con viandas y verduras.Como ya he dicho, al frente del hotel en que habito hay un hospital. Al lado del hospital se ve una pequeña capilla.Ese dia de año nuevo chino, visitan la capilla. En su centro, y en una especie de altar, dominaba un ídolo negro.A su frente hacian varias genuflexiones los sacerdotes.Uno de ellos agitaba en su mano una especie de cubilete, lleno de unos palillos delgados como limpiadientes: despues de agitar el cubilete para que se revuelvan los palillos, los arroja por alto, y al caer, ó por la postura en que se colocan, que suelen formar letras del alfabeto chino, ó por su número, marcan tal augurio, que interpreta el sacerdote y apunta en un papel, hasta que concluido su cálculo, arroja el papel al fuego. Si el augurio es feliz, entónces hay cantos y demostraciones de regocijo. Si es desgraciado, exhorta el sacerdote á la conformidad ó á la penitencia.En la noche el Barrio Chino está iluminado. En varias tiendas hay una especie de altares que visitan todos los que quieren.Los chinos se muestran complacidos de las visitas, y obsequian á sus amigos con dulces, bizcochos y Champaña.Yo entré á una botica china que tiene el aspecto de nuestras malas boticas mexicanas del año de 30. Muchos cajoncitos, botes de barro vidriado y botellones de vidrio ordinario.En el fondo de la pieza estaba la figura, de Khoing-Theseu ó Confucio, con su bonete de dos altos, su luengo bigote y su barba rala y tendida como una cortina.A los lados del altar me pareció reconocer á Hoase, madre de Fou-hi, de quien cuenta la leyenda que siguiendo los pasos de un hombre la circuyó el arco-íris y dió á luz al gran rey. El seductor tenia el cuerpo de serpiente y la cabeza de buey.Díjome el boticario, que hablaba francés con bastante soltura, mostrándome otro retrato: este es Chin-noung, inventor de la medicina, y éste, Hoaug-ti, que escribió sobre ella libros admirables.Por último, enseñándome con sumo respeto otro muñeco, me dijo: conozca vd. al gran Yu, uno de nuestros reyes más sabios.El altar, no sé por qué, me recordó á nuestras ofrendas de dia de muertos.Habia en el altar dulces, panecillos, toronjas de tamaño colosal: entre los dulces y las frutas habia tres candeleros con sus velas de cera, teniendo por pábilo astillas de sándalo. Todo esto se veia al través del humo del incienso, que se quemaba en un braserillo colocado frente al altar.Esta excursion la hice acompañado de la estimable familia Cima, distinguida más que por su posicion, que es brillante, por su finura y excelentes cualidades.El boticario nos brindó con unas pipas de hechura particular; constan de dos cajoncitos de metal y un pico levantado por donde se fuma. En uno de los cajoncitos se pone tabaco, en el otro agua hirviendo. Nosotros rehusamos el obsequio, pero dicen que es muy agradable.El farmacéutico, que parece hombre de instruccion poco comun, invitó á las damas para que hablasen con su señora y sus hijas; pero mostró gran reserva con los hombres, porque los extraños no ven jamás á las chinas de categoría.En otra vez hablaré de la poblacion china de California, y su significacion en las cuestiones económicas y sociales.

VIILas calles de dia y de noche.—Remates.—Embaucadores.—El parque.—Casas de placer.—Calle de Dupont.—Barrio Chino.HEMOS indicado cuánto es el movimiento, cuánta y cuán viva la animacion en las calles centrales del comercio y en las próximas al muelle. De dia hacen ostentacion de estas cualidades las calles de Kearny y Montgomery, con sus efectos de lujo; las de California y Sacramento con el movimiento imponderable de sus bancos; la de Battery y otras con la carga y descarga de sus efectos en los almacenes, y todas con la mezcla de placer y de los negocios que dan al conjunto una fisonomía alegre de bienestar y contento.Lo que no es describible es el conjunto, por más que muchas veces lo haya intentado. Esas masas gigantescas de edificios austeros, atrevidos, uniformes y pesados en su partesuperior, descansando sobre nichos de cristales inmensos sostenidos por ligeras columnas; esa especie de fabricacion aérea, esa luz que corre bajo el macizo de la construccion de siete y ocho pisos, y que forma como bosques de lienzos, de joyas, de muñecos, de tocados, máquinas y figurines, eso es lo que se necesita ver para formar aproximada idea de lo que se quiere describir.Atraviesan sin cesar las calles carros y carretas de todas formas y dimensiones, desde elvoguecon sus dos colosales botes de hoja de lata del vendedor de leche, hasta carretones que llevan montones de tercios y de baules. El pan, la verdura, la carne, la cerveza, la soda, todo se conduce en carros y se proclama en todos los tonos, con insistencia grande, aunque en acento desgarbado y monótono.El negociante atraviesa en su quitrincillo tirado por un caballo y sube y baja haciendo su negocio; trepa el ómnibus las cuestas afanoso, llevando de trasporte familias enteras; wagones innumerables se cruzan rápidos con un tumulto de viajeros á su retaguardia, y en landós soberbios y carretelas abiertas van las damas, recostadas entre pieles negligentemente y dando al aire los velos blancos que revuelan sobre las flores de sus primorosos gorritos.Negrean las calles de los bancos con caballeros uniformemente vestidos de negro, y como para una gran festividad, con sus sobretodos al brazo como si estuvieran á la entrada de la ópera, culebrean y se agolpan los chinos vestidos de azul, con los brazos abiertos en actitud de vuelo, azotando las trenzas su espalda, dejando ver sus medias blanquísimas como nieve y sus zapatos ó babuchas de chalupa, con los que andan muy desembarazados, y entre esegentío se abre paso con su sombrilla laladyvestida, con deslumbradora elegancia, de pieles, terciopelos y sedas, reverberando de soguillas y pedrería, ágil, risueña, quemando, desesperando á los inexpertos hijos de Adam.Se deslizan y caracolean en todas direcciones vendedores de diferentes artículos, que excitan ambulantes el apetito, y atacan insolentes los bolsillos.Cajoncitos con ramos de flores: cacahuates y naranjas en carritos de mano; cortaplumas, botones y corbatas, limonadas y refrigerios, en cajones sobre tripiés.El sentimiento de igualdad se lleva tan al cabo aquí, que hasta las que yo habia tenido como naturales categorías de las mercancías, desaparecen. Entre una joyería y una tienda de modas, invadiendo la banqueta, esperan marchante las frutas, el apio, los botes de conserva, el jabon y los zapatos. Interrumpen las hileras de tápalos, casimires y sombrillas, sendos cuartos de carnero ó de res pendientes de sus clavijeros y tirando delschaló la mantilla á los transeuntes. Una iglesia deja escuchar sus himnos gravedosos al lado de un establo en que se forcejea con la curacion de un cuadrúpedo. Junto al portátil despacho de aguas minerales, están los periódicos en todos los idiomas, con sendos rubros de sus novedades, y lado á lado de la juguetería de los niños, hay figuras anatómicas anunciando á un cirujano ó á un dentista.La botica constituye un ramo de comerciosui generis: hay con profusion cajitas de píldoras, botes y botellas que todo lo sanan, que prolongan la vida, que reconquistan la fuerza y la hermosura; pero en la botica se expenden toallas, corbatas, perfumes,protectorespara el pecho, ojos de vidrio,bragueros en número estupendo y no sé cuántas cosas más.Es de rigor que las boticas ostenten suma elegancia y que sus gigantescos botellones con aguas de colores sirvan de guía en las noches, como faros á distancias inmensas. Los aparatos de mármol para las aguas minerales heladas, suelen valer dos y tres mil pesos. En México hay uno de estos en la botica de la calle de Tacuba.En este país inquieto, voluntarioso y movedizo, losrematestienen importancia especial. La gente, al trasladarse á otro punto, todo lo abandona, cambia de localidad como la víbora de piel, sin retener ni reservar nada; parece que desea abandonar hasta sus recuerdos; pero eso sí, sacando partido.Por todas las calles hay remates.Congréganse carros y carretas, colchones, cuadros, pianos, útiles los más inciviles de la vida íntima; y así como todo lo deja el emigrante, todo se apropia sin el menor escrúpulo el que queda, sin cuidarse de la procedencia y haciendo uso inmediato de los desechos que remata. Lo mismo sucede con los sombreros, con los zapatos y con la ropa que llamande segunda mano.Todo el tragin que hemos procurado bosquejar de dia toma en las noches otro tipo, sin dejar su actividad febril, á lo ménos en las calles principales.Pero la noche es el misterio y lo fantástico con que se complica admirablemente la luz artificial.En varias esquinas, en alto y á la luz de las antorchas, se miran los mil suertistas, embaucadores y charlatanes en que tanto abundan estos lugares.Ya es un hombre que traga á puñados copos de algodon y por la manga de la levita le sale hilo de la mejor calidad, vendiendo sus carretes á alto precio. Ya es un sabio que hace funcionar su máquina eléctrica para hemorragias, reumatismos, dispepcias y qué sé yo cuántas lacras y achaques de la triste humanidad. Ya el propietario de unos pajaritos que predicen el futuro, acarreando papelitos de diversos colores en el pico. Una gitana dice la buena ventura á unos labriegos, miéntras un espiritista denuncia sus conversaciones con el alma de Señora Santa Ana ó de Booth, el asesino de Lincoln. Un Arago callejero explica los fenómenos celestes al frente de un telescopio por donde todos ven oscuro, y un perro sabio adivina lo que tiene uno en el bolsillo y la chica que más le confronta de la concurrencia.Los cafés cantantes, los teatros deMinistrils, los totilimundis y los saltimbanquis, se anuncian con músicas de viento, sin cesar por ello los cilindros, haciéndose rajas con los carcajeos de Offembach ó las salidas picarescas de la Fille de Mad. Angot, miéntras tres desgalichaos músicos de la Murga con su arpa y sus violines, sus sorbetes y sus levitas raidas, gimen sus himnos á Garibaldi, con un sentimentalismo como de quien no ha probado bocado en todo el dia.En las noches de luna, los parques y jardines son muy concurridos, viéndose en el parque, enCliff Housey en otras casas de campo, concurrencia hasta muy entrada la noche.Pero donde se concentra una animacion nocturna que sorprende al viajero, es en la calle de Dupont y sus alrededores.Esa seccion de la ciudad, en una extension como de tresmillas y con muy contadas excepciones, se compone de estancias habitadas por elegantes sirenas, que atraen con sus cantos y sus hechizos á los frágiles mortales.Las bellas habitadoras de esas mansiones se exponen dia y noche en las ventanas de sus habitaciones, cuyo interior se percibe desde fuera.Alfombras, espejos, candelabros, estatuas y el indispensable piano en perpétuo ejercicio, se distinguen en esos templos del ocio.Las hermosas en las noches suelen estar á la puerta de su negociacion, vestidas de fantasía. Sultanas, sacerdotisas, griegas, amazonas, divinidades olímpicas, alternan en todos los idiomas, invitando al viajero á tomar descanso y encareciendo las grandes recomendaciones de los establecimientos.En algunas casas las escalerillas que dan á la calle están llenas de jóvenes de deslumbradora hermosura, y se oyen de lo alto de los escalones todos los idiomas, como divertida parodia de la torre de Babel.Inglesas, francesas, chinas, españolas, rusas, americanas, parecen con el destino único de alimentar el bien parecer y la sociabilidad, y en enjambres los viajeros acuden á hacerse cargo de esa instruccion al aire libre, competentemente encerrada por la policía en determinados límites.Pero yo no sé: cuando entre nosotros se lanza una infeliz á esas distracciones, la miseria, el desengaño, algun móvil que se relaciona con misterios del corazon, son determinantes de su fatalidad. En lo poco que yo pude estudiar de estas desgraciadas, no es así: disponen de sus gracias como de una mercancía, se trata de su venta como un expendedorde licores ó de lienzos, el tráfico es en frio.... descarnado, calculado, se valúan los cambios.... y se lamenta ó se aplaude la alza y baja de la demanda, como al tratarse de la melaza ó del tabaco.De este modo, en la joyería, en la fonda, en el hotel, en el baile, se sazona con la presencia de una hermosa el comercio, como si se tratara de conducir allí una caja de música ó una bombilla de cristal con pescados de colores.Siguiendo las calles de Dupont y las de Jackson, se van viendo en las puertas los nombres deMiss Emma,Miss Virginia,Srita. Adela, para que no quede duda y para que no extravíe direccion aquel que suele recibir una tarjeta en medio de la calle.En unas de esas quiebras de las calles Dupont y Jackson, residen las chinas.Sabido es que las chinas de alguna distincion no ven la luz pública, y que las aventureras que han logrado fugarse del celeste imperio son de la peor ralea.Se compone su vestido de un saco y una enagüilla. Tienen como zorongo y abultados bucles de cabello cerdoso y reluciente sobre las sienes.De tez amarilla, chatas, de ojos en diagonal, que parecen arrancar desde la frente, boca grande y labios delgados, con pintura escarlata en los carrillos: esa es la china. No lleva sobre sí harapos, ni denuncian rasgones su mala fortuna; pero hay algo del ocre y de la cera de Campeche en su atmósfera, que repugna.Por lo demas, la china es el sér más atrevido, más desvergonzado y repugnante de cuanto se puede imaginar.Habita cuartitos sucios y desamueblados que constantementeestán cerrados; pero tiene en su puerta unos boquetes cuadrados con su puertecilla constantemente abierta; por allí asoma la china su fisonomía aplastada y saca sus dientes teñidos de colorado, con una raíz que masca y le comunica ese color de sangre que repele.Pero muchas chinas no se conforman con su encierro: se posan en el medio de la calle y se abalanzan al viajero, agarrándole del vestido; uno de nuestros amigos, entrado en años y circunspecto, dejó, parodiando á José, la solapa de su levita en descomunal batalla con una de esas paisanas de Confucio.Leed lo que escribia en mi cartera el 2 de Febrero de 1877, y que pinta mis primeras impresiones en el Barrio Chino.“Saliamos contentos algunos compañeros y yo de la fonda.Los recuerdos de la patria, las evocaciones á la juventud, y el vino y elrompope, tenian alegres nuestros corazones y traiamos á las vueltas la historia antigua y moderna de México, la crónica escandalosa, las ilusiones perdidas y las esperanzas al perderse, cuando sin antecedente alguno, del modo más repentino y más inesperado, al doblar una calle, como por mágia, estábamos en China.En las aceras van corriendo en giros encontrados dos raudales de hombres y mujeres, vestidos de una manera imperturbablemente uniforme. Amplio pantalon azul, calzado ó babuchas como chalupa, con la punta hácia arriba, y una franja blanca ántes de la suela, blusa azul hasta la rodilla y anchas mangas, largo y bien rasurado cuello, rapada mollera, con un islote de cabello espeso en el centro, de donde se desprenden para enroscarse en la propia cabeza ó flotar á laespalda, luengas trenzas de más de vara, con su mota de cordon ó seda en la punta. Esas trenzas se equivocan con la cola del mono, no sé por qué.Las casas de tráfico, con pocas excepciones, están como amontonadas al ras de la calle, ó en hondos subterráneos húmedos, mal alumbrados, llenos de embarazos y suciedad.Ya son fruterías con naranjas colosales, nueces de figura de riñones que saben á la vez á coco y á nuez: unas raíces de preparacion particular, que tiñen los dientes y la saliva de color de sangre, y en tiendas más elegantes, á la usanza americana, chucherías mil, de marfil, de ébano, de bambú y madera comun, con barnices deliciosos.Joyas de oro, tejidos de seda con los matices y la levedad de los colores del íris, y pájaros desecados y pinturas que asombran por la perfeccion del trabajo.Todo esto lo veiamos en una especie de tumulto, entre gritos como ladridos, y desesperándonos la algarabía de instrumentos en que el rechinar de la carreta y el tirabuzon, rozando con aspereza el corcho, nos habrian parecido arrullos de tórtola.En medio de aquella balumba, en que perdia para mí toda su reputacion filarmónica el celeste imperio, alcé los ojos.Los terrados, las flores, las personas, no ofrecen diferencia alguna con las pinturas que vemos, creyéndolas fantásticas, en tibores, biombos, cuadros y muebles chinos.Son los balcones salientes y como encerradas sus puertas en cuadros ó jaulas formados por las celosías.Lámparas con grandes borlas ó colgajos de seda carmesílos adornan, y flores importadas con especialidad del Japon las embellecen.El lirio japonés, que es aquí muy comun, tiene sus tallos como la azucena, se conservan á la sombra, se desarrollan entre pedrezuelas que se humedecen y producen flores como de cera.Los artefactos son muy variados y me producian extrañeza, aunque conocia algunos, desde los juguetes de los niños, hasta los trages de los mandarines y sacerdotes.Para los niños hay trompos á los que se da cuerda, y al bailar se deshacen en variedad de trompitos de colores que bailan á la vez.Hay caprichosos ejercicios de paciencia para combinar los colores y para vencer dificultades, como los nudos mágicos y el freno del gato.La porcelana se ha docilitado entre los japoneses á un punto que parece imposible. Se enrosca, se escurre, se volatiliza casi, y al trasparentarse, revela colores ignorados á la simple vista.La madera en sus barnices y su levedad, que la confunde con el carton, presenta mil bellezas.Pescados que plagian á los naturales con perfeccion, y adornan charolas, azafates y platos, bandejas, picheles y tazas con flores y pájaros realzados, desesperacion del pincel, del bajo relieve y el buril, y partes en que parece se ha condensado la espuma para que en ella se realcen edificios, árboles, navíos, hombres, mujeres y niños.Me llamó la atencion, entre mil cosas, la filigrana, emulando el cabello por su flexibilidad y sutileza en muchas joyas. Diré en este particular, para desahogo de mi orgullo,que mostré en una tienda unas mancuernas de filigrana que poseo, obra de mi querido amigo y compadre José Carrillo, que tiene su taller junto al núm. 30 de la calle de Ortega, y produjeron admiracion entre aquellos artistas, ofreciéndome por ellas alto precio.Ví unos bastones de caña, ligerísimos como plumas, que encierran otros y otros que se desenvainan hasta prolongarlos de un modo increible.Admiré barcos, jarrones y columnas de marfil como tela de huevo, llenos de paisajes deliciosos.Por último, me extasié al frente de la cabeza de un pájaro hermoso, en cuyo pico, que tiene la figura del de la guacamaya, se esculpió un bajo relieve aprovechando las plumas y los accidentes de aquella cabeza, para producir un edificio fantástico en miniatura, de maravillosa perfeccion.No habria salido jamás de aquel laberinto de primores, si no me hubieran conducido mis compañeros á la fuente del ruido incesante, que se oia por todas partes vibrar y repercutirse, producido por dos enormes círculos de metal, extension gigantesca de los platillos de nuestras músicas de viento, y que forman la boruca más aturdidora, sin dar tregua á la algazara un solo instante.Estábamos en el teatro; apénas pude ver el recinto medio oscuro azuleando de chinos, fumando opio ó tabaco, con sus fieltros echados hácia atrás, dejando ver las pieles amarillas, las narices aplastadas, las bocas enormes, el conjunto pasguato y desgoznado. En México hay muchos que tienen caras de chinos.En el conjunto de aquella concurrencia me hacia esfuerzopara conocer á las hembras, que se me resiste llamar bello sexo.El teatro es semicircular, con una sola galería, como una gran cornisa saliente.Esto apénas lo distinguí, porque me dediqué de lleno á ver la representacion.No tiene telon ni decoraciones el proscenio; en el palco escénico, al frente del espectador, está una mesita de madera blanca, entre dos puertas, y á su lado la orquesta que consiste en elgongoócomalde metal, y unos bolillos de palo sonorísimos, que golpean contra piedras. Una especie de violines de la hechura del mango de una guitarra y algun caracol ó trompeta; esa es la orquesta, cuyo conjunto forma cuanto puede inventarse de más rasposo, horripilante y asesino en materia de ruidos.Entre aquel golpeo embriagador del gongo, se ven carreras desaforadas, gesticulan caras estrambóticas, se encogen y desplegan actitudes de verdaderos demonios.... Atencion, me dijeron, se está verificando la batalla....Sale por ejemplo un caudillo con sus alas blancas, con su túnica riquísima de sedas de colores y oro, con su casco y su espada, dirigiendo á unos hombres desnudos de medio cuerpo.Encuéntrase este grupo con otro, que sigue á distinto caudillo; si aquellos hombres del primer grupo tenian la parte superior del cuerpo desnuda, éstos tienen la inferior. Embístense las legiones, luchan, se ruedan por el suelo, dan machicuepas, se revuelcan como unos frenéticos. La victoria se declara por el primer caudillo, que es una caricatura de San Miguel Arcángel.Los chinos victoriosos desfilan con una celeridad que apénas puede seguirse con la vista, corriendo, dando brincos increibles y vueltas en el aire, completándose en el vuelo circular que remedan, la parte desnuda de los unos con la parte vestida de los otros, como si estuvieran pintados en una rueda que diese vueltas en alto.Los vencidos, en medio del tragin, ponen obstáculos á la festividad vertiginosa; obstáculos que consisten en amontonar mesas y sillas, sobre los que se precipitan los retoños del celeste imperio, como si se desensartaran de un hilo multitud de cuentas azules que rodaran sobre planos inclinados en todas direcciones.El ruido no cesa, y á su golpeo, que no se puede llamar compás, salen diversas cuadrillas de combatientes, entre las que me deslumbró por la riqueza de sus vestidos, una que remedaba padres con casullas y dalmáticas de seda y oro y de bordados espléndidos, que valuaron los conocedores en muchos miles de pesos.Nuestra completa ignorancia de la representacion hizo que pronto degenerasen en monótonos los saltos, los alaridos, el ir y venir y las posturas puntiagudas, cuadrangulares y diabólicas de los actores.Segun mis confusas reminiscencias, aquella era una representacion histórica, en la que un erudito habria encontrado rastros de las religiones orientales y de la nuestra; pero aunque la ignorancia es atrevida, en mí, no lo es tanto que me arriesgue á indicar mis conjeturas, y dejo las cosas de tal tamaño.Miciceroneme aseguró que aquella representacion duraba muchas noches, siempre atrayendo igual gente.En efecto, en los intervalos de los saltos, los grandes personajes hablaban, y entónces se notaba en el concurso viva atencion, señales de interes y aun lágrimas.Las mujeres se sitúan en la galería, separadas de los hombres.Durante la representacion, circulan entre los espectadores, gentes que venden bizcochos, dulces, tabacos y refrescos.Salí del teatro atarantado, como si hubiera estado en un campanario durante un largo repique.Apénas habiamos dado unos cuantos pasos en la calle, cuando nos detuvimos frente á una puerta, de la que arrancaba una escalerilla de palo angosta, pero cómoda, y nos encontramos al acabar de ascender, en un elegante salon chino. Era unrestaurant.Tiene dos pisos elrestaurant. No daré cuenta del primero, porque estaba cuasi á oscuras. Nos instalamos en el segundo piso, que se iluminó convenientemente.Las mesas son redondas, color de café oscuro, con ese barniz peculiar á los muebles chinos, que semeja al barniz de nuestrasjícaras.No usan sillas, sino unos banquillos, que cuando no están de servicio, se hacinan en un rincon.En las paredes están como sobrepuestas celosías de madera con pinturas exquisitas, y sobre las puertas hay cornisas y goteras con labrados, que figuran frutas, flores y árboles de notable perfeccion.Muebles, adornos, manteles y lámparas, todo es rigorosamente chino é importado de aquellas regiones.En este particular es tan estricta la observancia de consumirtodo del país, que muchos comestibles son chinos. Hay en almacenes hacinados patos que parecen cachuchas dobladas y que se inflan y ponen en venta: los cerdos llegan barnizados como de madera fina, como guitarras, y muchas frutas y legumbres empacadas.Pedimosté, que genuínamente se pronunciaCham: tendió el sirviente el mantel y nos pusimos en tren de hacer la libacion Asiática.Colocaron en la mesa panecillos y dulces: los panecillos del mismo sabor y figura que los que conocemos con el nombre depolvorones; uno de los dulces sabia á dátil, los otros tenian parentesco con las pinturas de aceite y los menjurjes de botica.Colocó el doméstico frente á cada uno de los compañeros una pequeña tacita al ras del mantel, y á corta distancia una especie de dulcera con su tapa. En aquella ánfora pusieron gran cantidad de hojas de thé y le vertieron encima agua hirviendo. La tapa de la tetera se desvía para dar salida al thé, que corrió á nuestras tazas perfumando el salon.Alegrísimos se pusieron los chinos con nuestras señales de aprobacion, advirtiéndonos que aquella era la primera toma, que seguirian la segunda y la tercera, haciéndose más concentrada y aromática la bebida.Nuestros sirvientes, acompañados del dueño ó encargado del establecimiento, nos hicieron ver minuciosamente el salon.Antes nos explicó uno de ellos la manera de servirse las comidas.En una mesita de las que veiamos, é igual á la en que estábamos sentados, se colocaban los convidados. Del frentede cada uno de ellos parte una fila de platos con manjares; los platos son de mayor á menor, formando el conjunto como los rayos de una rueda, mejor dicho, los platos y platitos forman una estrella. Los platos grandes son para los manjares, los pequeños para los dulces. Sobresale entre las bebidas el sabor del agua-cola, y entre las comidas el de la asafétida. Con eso queda hecha la apología de la cocina de los chinos.Véamos el salon detenidamente.Grandes arcos y cornisas de madera calados, figurando pájaros, pescados y flores: lianas que cuelgan de las puertas y parecen temblar con el viento.En la gotera superior, en delicadísimos bajos relieves, vimos figuras y caractéres que nos dijeron referirse á la vida de Confucio, á episodios de sus viajes y la traslacion de sus sábias máximas.Al subir del primero al segundo piso para retirarnos, nos detuvimos frente á un mostrador en que se encontraba el director de la negociacion y el dependiente principal.El primero de estos personajes fumaba su pipa, de pié, pero recostado en el armazon de aquella especie de cantina.Tenia el director entre sus labios su pipa como de ébano, con boquilla y preciosos adornos de plata. La pipa consiste en un tubo delgado, como de una tercia de largo, y remata en una pequeña cazoleta donde apénas cabrá la yema del dedo meñique: allí está ardiendo una bolita poco mayor que un garbanzo: ese es el opio, que constituye la delicia y que consume la existencia de los chinos.En el fondo del salon se ven unos pequeños cuartitos consus cortinas: dentro, sobre tarimas, hay grandes cojines; allí se encierran los fumadores de opio.... á olvidar la realidad de la vida.... soñando cosas encantadoras.... Pues, señor.... ¿eh?....El dependiente tenia entre sus manos una especie de bastidor con alambres horizontales, y en ellos, ensartadas unas cuentas de palo. Eso se llamaabaco.Empujaba las esferitas aquel chino, como una rezandera ejercitada las cuentas de su rosario.—Así hacen sus cálculos estos hombres, nos dijo nuestro guía, y resuelven las más complicadas operaciones de la aritmética.Aventuramos pruebas haciendo preguntas al dependiente, y quedamos sorprendidos de la celeridad y exactitud de los contadores.A mano derecha del dependiente estaba un pincel y en un trastecito pequeño la tinta de China con que escriben, poniendo unas abajo de otras, letras y palabras en líneas perpendiculares, como todos conocemos.Al despedirnos, el obsequioso sirviente nos dió las tarjetas del establecimiento, en inglés, pero con su traduccion en chino, para mayor claridad.El 13 de Febrero es el dia de año nuevo entre los chinos.Se saluda el dia con salvas, que se hacen quemando manojos de cohetes forrados en badana, que ya conocemos, y que producen el ruido de una matraca, ó como en nuestros fuegos artificiales cuando se quema la parte superior del castillo (bouquet).Pasean los chinos las calles sacando á luz sus más ricosvestidos: los de los personajes y mandarines valiosísimos.El Barrio Chino está extraordinariamente animado ese dia; atraviesan sirvientes con largosbambous, de cuyas extremidades cuelgan canastas con viandas y verduras.Como ya he dicho, al frente del hotel en que habito hay un hospital. Al lado del hospital se ve una pequeña capilla.Ese dia de año nuevo chino, visitan la capilla. En su centro, y en una especie de altar, dominaba un ídolo negro.A su frente hacian varias genuflexiones los sacerdotes.Uno de ellos agitaba en su mano una especie de cubilete, lleno de unos palillos delgados como limpiadientes: despues de agitar el cubilete para que se revuelvan los palillos, los arroja por alto, y al caer, ó por la postura en que se colocan, que suelen formar letras del alfabeto chino, ó por su número, marcan tal augurio, que interpreta el sacerdote y apunta en un papel, hasta que concluido su cálculo, arroja el papel al fuego. Si el augurio es feliz, entónces hay cantos y demostraciones de regocijo. Si es desgraciado, exhorta el sacerdote á la conformidad ó á la penitencia.En la noche el Barrio Chino está iluminado. En varias tiendas hay una especie de altares que visitan todos los que quieren.Los chinos se muestran complacidos de las visitas, y obsequian á sus amigos con dulces, bizcochos y Champaña.Yo entré á una botica china que tiene el aspecto de nuestras malas boticas mexicanas del año de 30. Muchos cajoncitos, botes de barro vidriado y botellones de vidrio ordinario.En el fondo de la pieza estaba la figura, de Khoing-Theseu ó Confucio, con su bonete de dos altos, su luengo bigote y su barba rala y tendida como una cortina.A los lados del altar me pareció reconocer á Hoase, madre de Fou-hi, de quien cuenta la leyenda que siguiendo los pasos de un hombre la circuyó el arco-íris y dió á luz al gran rey. El seductor tenia el cuerpo de serpiente y la cabeza de buey.Díjome el boticario, que hablaba francés con bastante soltura, mostrándome otro retrato: este es Chin-noung, inventor de la medicina, y éste, Hoaug-ti, que escribió sobre ella libros admirables.Por último, enseñándome con sumo respeto otro muñeco, me dijo: conozca vd. al gran Yu, uno de nuestros reyes más sabios.El altar, no sé por qué, me recordó á nuestras ofrendas de dia de muertos.Habia en el altar dulces, panecillos, toronjas de tamaño colosal: entre los dulces y las frutas habia tres candeleros con sus velas de cera, teniendo por pábilo astillas de sándalo. Todo esto se veia al través del humo del incienso, que se quemaba en un braserillo colocado frente al altar.Esta excursion la hice acompañado de la estimable familia Cima, distinguida más que por su posicion, que es brillante, por su finura y excelentes cualidades.El boticario nos brindó con unas pipas de hechura particular; constan de dos cajoncitos de metal y un pico levantado por donde se fuma. En uno de los cajoncitos se pone tabaco, en el otro agua hirviendo. Nosotros rehusamos el obsequio, pero dicen que es muy agradable.El farmacéutico, que parece hombre de instruccion poco comun, invitó á las damas para que hablasen con su señora y sus hijas; pero mostró gran reserva con los hombres, porque los extraños no ven jamás á las chinas de categoría.En otra vez hablaré de la poblacion china de California, y su significacion en las cuestiones económicas y sociales.

Las calles de dia y de noche.—Remates.—Embaucadores.—El parque.—Casas de placer.—Calle de Dupont.—Barrio Chino.

HEMOS indicado cuánto es el movimiento, cuánta y cuán viva la animacion en las calles centrales del comercio y en las próximas al muelle. De dia hacen ostentacion de estas cualidades las calles de Kearny y Montgomery, con sus efectos de lujo; las de California y Sacramento con el movimiento imponderable de sus bancos; la de Battery y otras con la carga y descarga de sus efectos en los almacenes, y todas con la mezcla de placer y de los negocios que dan al conjunto una fisonomía alegre de bienestar y contento.

Lo que no es describible es el conjunto, por más que muchas veces lo haya intentado. Esas masas gigantescas de edificios austeros, atrevidos, uniformes y pesados en su partesuperior, descansando sobre nichos de cristales inmensos sostenidos por ligeras columnas; esa especie de fabricacion aérea, esa luz que corre bajo el macizo de la construccion de siete y ocho pisos, y que forma como bosques de lienzos, de joyas, de muñecos, de tocados, máquinas y figurines, eso es lo que se necesita ver para formar aproximada idea de lo que se quiere describir.

Atraviesan sin cesar las calles carros y carretas de todas formas y dimensiones, desde elvoguecon sus dos colosales botes de hoja de lata del vendedor de leche, hasta carretones que llevan montones de tercios y de baules. El pan, la verdura, la carne, la cerveza, la soda, todo se conduce en carros y se proclama en todos los tonos, con insistencia grande, aunque en acento desgarbado y monótono.

El negociante atraviesa en su quitrincillo tirado por un caballo y sube y baja haciendo su negocio; trepa el ómnibus las cuestas afanoso, llevando de trasporte familias enteras; wagones innumerables se cruzan rápidos con un tumulto de viajeros á su retaguardia, y en landós soberbios y carretelas abiertas van las damas, recostadas entre pieles negligentemente y dando al aire los velos blancos que revuelan sobre las flores de sus primorosos gorritos.

Negrean las calles de los bancos con caballeros uniformemente vestidos de negro, y como para una gran festividad, con sus sobretodos al brazo como si estuvieran á la entrada de la ópera, culebrean y se agolpan los chinos vestidos de azul, con los brazos abiertos en actitud de vuelo, azotando las trenzas su espalda, dejando ver sus medias blanquísimas como nieve y sus zapatos ó babuchas de chalupa, con los que andan muy desembarazados, y entre esegentío se abre paso con su sombrilla laladyvestida, con deslumbradora elegancia, de pieles, terciopelos y sedas, reverberando de soguillas y pedrería, ágil, risueña, quemando, desesperando á los inexpertos hijos de Adam.

Se deslizan y caracolean en todas direcciones vendedores de diferentes artículos, que excitan ambulantes el apetito, y atacan insolentes los bolsillos.

Cajoncitos con ramos de flores: cacahuates y naranjas en carritos de mano; cortaplumas, botones y corbatas, limonadas y refrigerios, en cajones sobre tripiés.

El sentimiento de igualdad se lleva tan al cabo aquí, que hasta las que yo habia tenido como naturales categorías de las mercancías, desaparecen. Entre una joyería y una tienda de modas, invadiendo la banqueta, esperan marchante las frutas, el apio, los botes de conserva, el jabon y los zapatos. Interrumpen las hileras de tápalos, casimires y sombrillas, sendos cuartos de carnero ó de res pendientes de sus clavijeros y tirando delschaló la mantilla á los transeuntes. Una iglesia deja escuchar sus himnos gravedosos al lado de un establo en que se forcejea con la curacion de un cuadrúpedo. Junto al portátil despacho de aguas minerales, están los periódicos en todos los idiomas, con sendos rubros de sus novedades, y lado á lado de la juguetería de los niños, hay figuras anatómicas anunciando á un cirujano ó á un dentista.

La botica constituye un ramo de comerciosui generis: hay con profusion cajitas de píldoras, botes y botellas que todo lo sanan, que prolongan la vida, que reconquistan la fuerza y la hermosura; pero en la botica se expenden toallas, corbatas, perfumes,protectorespara el pecho, ojos de vidrio,bragueros en número estupendo y no sé cuántas cosas más.

Es de rigor que las boticas ostenten suma elegancia y que sus gigantescos botellones con aguas de colores sirvan de guía en las noches, como faros á distancias inmensas. Los aparatos de mármol para las aguas minerales heladas, suelen valer dos y tres mil pesos. En México hay uno de estos en la botica de la calle de Tacuba.

En este país inquieto, voluntarioso y movedizo, losrematestienen importancia especial. La gente, al trasladarse á otro punto, todo lo abandona, cambia de localidad como la víbora de piel, sin retener ni reservar nada; parece que desea abandonar hasta sus recuerdos; pero eso sí, sacando partido.

Por todas las calles hay remates.

Congréganse carros y carretas, colchones, cuadros, pianos, útiles los más inciviles de la vida íntima; y así como todo lo deja el emigrante, todo se apropia sin el menor escrúpulo el que queda, sin cuidarse de la procedencia y haciendo uso inmediato de los desechos que remata. Lo mismo sucede con los sombreros, con los zapatos y con la ropa que llamande segunda mano.

Todo el tragin que hemos procurado bosquejar de dia toma en las noches otro tipo, sin dejar su actividad febril, á lo ménos en las calles principales.

Pero la noche es el misterio y lo fantástico con que se complica admirablemente la luz artificial.

En varias esquinas, en alto y á la luz de las antorchas, se miran los mil suertistas, embaucadores y charlatanes en que tanto abundan estos lugares.

Ya es un hombre que traga á puñados copos de algodon y por la manga de la levita le sale hilo de la mejor calidad, vendiendo sus carretes á alto precio. Ya es un sabio que hace funcionar su máquina eléctrica para hemorragias, reumatismos, dispepcias y qué sé yo cuántas lacras y achaques de la triste humanidad. Ya el propietario de unos pajaritos que predicen el futuro, acarreando papelitos de diversos colores en el pico. Una gitana dice la buena ventura á unos labriegos, miéntras un espiritista denuncia sus conversaciones con el alma de Señora Santa Ana ó de Booth, el asesino de Lincoln. Un Arago callejero explica los fenómenos celestes al frente de un telescopio por donde todos ven oscuro, y un perro sabio adivina lo que tiene uno en el bolsillo y la chica que más le confronta de la concurrencia.

Los cafés cantantes, los teatros deMinistrils, los totilimundis y los saltimbanquis, se anuncian con músicas de viento, sin cesar por ello los cilindros, haciéndose rajas con los carcajeos de Offembach ó las salidas picarescas de la Fille de Mad. Angot, miéntras tres desgalichaos músicos de la Murga con su arpa y sus violines, sus sorbetes y sus levitas raidas, gimen sus himnos á Garibaldi, con un sentimentalismo como de quien no ha probado bocado en todo el dia.

En las noches de luna, los parques y jardines son muy concurridos, viéndose en el parque, enCliff Housey en otras casas de campo, concurrencia hasta muy entrada la noche.

Pero donde se concentra una animacion nocturna que sorprende al viajero, es en la calle de Dupont y sus alrededores.

Esa seccion de la ciudad, en una extension como de tresmillas y con muy contadas excepciones, se compone de estancias habitadas por elegantes sirenas, que atraen con sus cantos y sus hechizos á los frágiles mortales.

Las bellas habitadoras de esas mansiones se exponen dia y noche en las ventanas de sus habitaciones, cuyo interior se percibe desde fuera.

Alfombras, espejos, candelabros, estatuas y el indispensable piano en perpétuo ejercicio, se distinguen en esos templos del ocio.

Las hermosas en las noches suelen estar á la puerta de su negociacion, vestidas de fantasía. Sultanas, sacerdotisas, griegas, amazonas, divinidades olímpicas, alternan en todos los idiomas, invitando al viajero á tomar descanso y encareciendo las grandes recomendaciones de los establecimientos.

En algunas casas las escalerillas que dan á la calle están llenas de jóvenes de deslumbradora hermosura, y se oyen de lo alto de los escalones todos los idiomas, como divertida parodia de la torre de Babel.

Inglesas, francesas, chinas, españolas, rusas, americanas, parecen con el destino único de alimentar el bien parecer y la sociabilidad, y en enjambres los viajeros acuden á hacerse cargo de esa instruccion al aire libre, competentemente encerrada por la policía en determinados límites.

Pero yo no sé: cuando entre nosotros se lanza una infeliz á esas distracciones, la miseria, el desengaño, algun móvil que se relaciona con misterios del corazon, son determinantes de su fatalidad. En lo poco que yo pude estudiar de estas desgraciadas, no es así: disponen de sus gracias como de una mercancía, se trata de su venta como un expendedorde licores ó de lienzos, el tráfico es en frio.... descarnado, calculado, se valúan los cambios.... y se lamenta ó se aplaude la alza y baja de la demanda, como al tratarse de la melaza ó del tabaco.

De este modo, en la joyería, en la fonda, en el hotel, en el baile, se sazona con la presencia de una hermosa el comercio, como si se tratara de conducir allí una caja de música ó una bombilla de cristal con pescados de colores.

Siguiendo las calles de Dupont y las de Jackson, se van viendo en las puertas los nombres deMiss Emma,Miss Virginia,Srita. Adela, para que no quede duda y para que no extravíe direccion aquel que suele recibir una tarjeta en medio de la calle.

En unas de esas quiebras de las calles Dupont y Jackson, residen las chinas.

Sabido es que las chinas de alguna distincion no ven la luz pública, y que las aventureras que han logrado fugarse del celeste imperio son de la peor ralea.

Se compone su vestido de un saco y una enagüilla. Tienen como zorongo y abultados bucles de cabello cerdoso y reluciente sobre las sienes.

De tez amarilla, chatas, de ojos en diagonal, que parecen arrancar desde la frente, boca grande y labios delgados, con pintura escarlata en los carrillos: esa es la china. No lleva sobre sí harapos, ni denuncian rasgones su mala fortuna; pero hay algo del ocre y de la cera de Campeche en su atmósfera, que repugna.

Por lo demas, la china es el sér más atrevido, más desvergonzado y repugnante de cuanto se puede imaginar.

Habita cuartitos sucios y desamueblados que constantementeestán cerrados; pero tiene en su puerta unos boquetes cuadrados con su puertecilla constantemente abierta; por allí asoma la china su fisonomía aplastada y saca sus dientes teñidos de colorado, con una raíz que masca y le comunica ese color de sangre que repele.

Pero muchas chinas no se conforman con su encierro: se posan en el medio de la calle y se abalanzan al viajero, agarrándole del vestido; uno de nuestros amigos, entrado en años y circunspecto, dejó, parodiando á José, la solapa de su levita en descomunal batalla con una de esas paisanas de Confucio.

Leed lo que escribia en mi cartera el 2 de Febrero de 1877, y que pinta mis primeras impresiones en el Barrio Chino.

“Saliamos contentos algunos compañeros y yo de la fonda.

Los recuerdos de la patria, las evocaciones á la juventud, y el vino y elrompope, tenian alegres nuestros corazones y traiamos á las vueltas la historia antigua y moderna de México, la crónica escandalosa, las ilusiones perdidas y las esperanzas al perderse, cuando sin antecedente alguno, del modo más repentino y más inesperado, al doblar una calle, como por mágia, estábamos en China.

En las aceras van corriendo en giros encontrados dos raudales de hombres y mujeres, vestidos de una manera imperturbablemente uniforme. Amplio pantalon azul, calzado ó babuchas como chalupa, con la punta hácia arriba, y una franja blanca ántes de la suela, blusa azul hasta la rodilla y anchas mangas, largo y bien rasurado cuello, rapada mollera, con un islote de cabello espeso en el centro, de donde se desprenden para enroscarse en la propia cabeza ó flotar á laespalda, luengas trenzas de más de vara, con su mota de cordon ó seda en la punta. Esas trenzas se equivocan con la cola del mono, no sé por qué.

Las casas de tráfico, con pocas excepciones, están como amontonadas al ras de la calle, ó en hondos subterráneos húmedos, mal alumbrados, llenos de embarazos y suciedad.

Ya son fruterías con naranjas colosales, nueces de figura de riñones que saben á la vez á coco y á nuez: unas raíces de preparacion particular, que tiñen los dientes y la saliva de color de sangre, y en tiendas más elegantes, á la usanza americana, chucherías mil, de marfil, de ébano, de bambú y madera comun, con barnices deliciosos.

Joyas de oro, tejidos de seda con los matices y la levedad de los colores del íris, y pájaros desecados y pinturas que asombran por la perfeccion del trabajo.

Todo esto lo veiamos en una especie de tumulto, entre gritos como ladridos, y desesperándonos la algarabía de instrumentos en que el rechinar de la carreta y el tirabuzon, rozando con aspereza el corcho, nos habrian parecido arrullos de tórtola.

En medio de aquella balumba, en que perdia para mí toda su reputacion filarmónica el celeste imperio, alcé los ojos.

Los terrados, las flores, las personas, no ofrecen diferencia alguna con las pinturas que vemos, creyéndolas fantásticas, en tibores, biombos, cuadros y muebles chinos.

Son los balcones salientes y como encerradas sus puertas en cuadros ó jaulas formados por las celosías.

Lámparas con grandes borlas ó colgajos de seda carmesílos adornan, y flores importadas con especialidad del Japon las embellecen.

El lirio japonés, que es aquí muy comun, tiene sus tallos como la azucena, se conservan á la sombra, se desarrollan entre pedrezuelas que se humedecen y producen flores como de cera.

Los artefactos son muy variados y me producian extrañeza, aunque conocia algunos, desde los juguetes de los niños, hasta los trages de los mandarines y sacerdotes.

Para los niños hay trompos á los que se da cuerda, y al bailar se deshacen en variedad de trompitos de colores que bailan á la vez.

Hay caprichosos ejercicios de paciencia para combinar los colores y para vencer dificultades, como los nudos mágicos y el freno del gato.

La porcelana se ha docilitado entre los japoneses á un punto que parece imposible. Se enrosca, se escurre, se volatiliza casi, y al trasparentarse, revela colores ignorados á la simple vista.

La madera en sus barnices y su levedad, que la confunde con el carton, presenta mil bellezas.

Pescados que plagian á los naturales con perfeccion, y adornan charolas, azafates y platos, bandejas, picheles y tazas con flores y pájaros realzados, desesperacion del pincel, del bajo relieve y el buril, y partes en que parece se ha condensado la espuma para que en ella se realcen edificios, árboles, navíos, hombres, mujeres y niños.

Me llamó la atencion, entre mil cosas, la filigrana, emulando el cabello por su flexibilidad y sutileza en muchas joyas. Diré en este particular, para desahogo de mi orgullo,que mostré en una tienda unas mancuernas de filigrana que poseo, obra de mi querido amigo y compadre José Carrillo, que tiene su taller junto al núm. 30 de la calle de Ortega, y produjeron admiracion entre aquellos artistas, ofreciéndome por ellas alto precio.

Ví unos bastones de caña, ligerísimos como plumas, que encierran otros y otros que se desenvainan hasta prolongarlos de un modo increible.

Admiré barcos, jarrones y columnas de marfil como tela de huevo, llenos de paisajes deliciosos.

Por último, me extasié al frente de la cabeza de un pájaro hermoso, en cuyo pico, que tiene la figura del de la guacamaya, se esculpió un bajo relieve aprovechando las plumas y los accidentes de aquella cabeza, para producir un edificio fantástico en miniatura, de maravillosa perfeccion.

No habria salido jamás de aquel laberinto de primores, si no me hubieran conducido mis compañeros á la fuente del ruido incesante, que se oia por todas partes vibrar y repercutirse, producido por dos enormes círculos de metal, extension gigantesca de los platillos de nuestras músicas de viento, y que forman la boruca más aturdidora, sin dar tregua á la algazara un solo instante.

Estábamos en el teatro; apénas pude ver el recinto medio oscuro azuleando de chinos, fumando opio ó tabaco, con sus fieltros echados hácia atrás, dejando ver las pieles amarillas, las narices aplastadas, las bocas enormes, el conjunto pasguato y desgoznado. En México hay muchos que tienen caras de chinos.

En el conjunto de aquella concurrencia me hacia esfuerzopara conocer á las hembras, que se me resiste llamar bello sexo.

El teatro es semicircular, con una sola galería, como una gran cornisa saliente.

Esto apénas lo distinguí, porque me dediqué de lleno á ver la representacion.

No tiene telon ni decoraciones el proscenio; en el palco escénico, al frente del espectador, está una mesita de madera blanca, entre dos puertas, y á su lado la orquesta que consiste en elgongoócomalde metal, y unos bolillos de palo sonorísimos, que golpean contra piedras. Una especie de violines de la hechura del mango de una guitarra y algun caracol ó trompeta; esa es la orquesta, cuyo conjunto forma cuanto puede inventarse de más rasposo, horripilante y asesino en materia de ruidos.

Entre aquel golpeo embriagador del gongo, se ven carreras desaforadas, gesticulan caras estrambóticas, se encogen y desplegan actitudes de verdaderos demonios.... Atencion, me dijeron, se está verificando la batalla....

Sale por ejemplo un caudillo con sus alas blancas, con su túnica riquísima de sedas de colores y oro, con su casco y su espada, dirigiendo á unos hombres desnudos de medio cuerpo.

Encuéntrase este grupo con otro, que sigue á distinto caudillo; si aquellos hombres del primer grupo tenian la parte superior del cuerpo desnuda, éstos tienen la inferior. Embístense las legiones, luchan, se ruedan por el suelo, dan machicuepas, se revuelcan como unos frenéticos. La victoria se declara por el primer caudillo, que es una caricatura de San Miguel Arcángel.

Los chinos victoriosos desfilan con una celeridad que apénas puede seguirse con la vista, corriendo, dando brincos increibles y vueltas en el aire, completándose en el vuelo circular que remedan, la parte desnuda de los unos con la parte vestida de los otros, como si estuvieran pintados en una rueda que diese vueltas en alto.

Los vencidos, en medio del tragin, ponen obstáculos á la festividad vertiginosa; obstáculos que consisten en amontonar mesas y sillas, sobre los que se precipitan los retoños del celeste imperio, como si se desensartaran de un hilo multitud de cuentas azules que rodaran sobre planos inclinados en todas direcciones.

El ruido no cesa, y á su golpeo, que no se puede llamar compás, salen diversas cuadrillas de combatientes, entre las que me deslumbró por la riqueza de sus vestidos, una que remedaba padres con casullas y dalmáticas de seda y oro y de bordados espléndidos, que valuaron los conocedores en muchos miles de pesos.

Nuestra completa ignorancia de la representacion hizo que pronto degenerasen en monótonos los saltos, los alaridos, el ir y venir y las posturas puntiagudas, cuadrangulares y diabólicas de los actores.

Segun mis confusas reminiscencias, aquella era una representacion histórica, en la que un erudito habria encontrado rastros de las religiones orientales y de la nuestra; pero aunque la ignorancia es atrevida, en mí, no lo es tanto que me arriesgue á indicar mis conjeturas, y dejo las cosas de tal tamaño.

Miciceroneme aseguró que aquella representacion duraba muchas noches, siempre atrayendo igual gente.

En efecto, en los intervalos de los saltos, los grandes personajes hablaban, y entónces se notaba en el concurso viva atencion, señales de interes y aun lágrimas.

Las mujeres se sitúan en la galería, separadas de los hombres.

Durante la representacion, circulan entre los espectadores, gentes que venden bizcochos, dulces, tabacos y refrescos.

Salí del teatro atarantado, como si hubiera estado en un campanario durante un largo repique.

Apénas habiamos dado unos cuantos pasos en la calle, cuando nos detuvimos frente á una puerta, de la que arrancaba una escalerilla de palo angosta, pero cómoda, y nos encontramos al acabar de ascender, en un elegante salon chino. Era unrestaurant.

Tiene dos pisos elrestaurant. No daré cuenta del primero, porque estaba cuasi á oscuras. Nos instalamos en el segundo piso, que se iluminó convenientemente.

Las mesas son redondas, color de café oscuro, con ese barniz peculiar á los muebles chinos, que semeja al barniz de nuestrasjícaras.

No usan sillas, sino unos banquillos, que cuando no están de servicio, se hacinan en un rincon.

En las paredes están como sobrepuestas celosías de madera con pinturas exquisitas, y sobre las puertas hay cornisas y goteras con labrados, que figuran frutas, flores y árboles de notable perfeccion.

Muebles, adornos, manteles y lámparas, todo es rigorosamente chino é importado de aquellas regiones.

En este particular es tan estricta la observancia de consumirtodo del país, que muchos comestibles son chinos. Hay en almacenes hacinados patos que parecen cachuchas dobladas y que se inflan y ponen en venta: los cerdos llegan barnizados como de madera fina, como guitarras, y muchas frutas y legumbres empacadas.

Pedimosté, que genuínamente se pronunciaCham: tendió el sirviente el mantel y nos pusimos en tren de hacer la libacion Asiática.

Colocaron en la mesa panecillos y dulces: los panecillos del mismo sabor y figura que los que conocemos con el nombre depolvorones; uno de los dulces sabia á dátil, los otros tenian parentesco con las pinturas de aceite y los menjurjes de botica.

Colocó el doméstico frente á cada uno de los compañeros una pequeña tacita al ras del mantel, y á corta distancia una especie de dulcera con su tapa. En aquella ánfora pusieron gran cantidad de hojas de thé y le vertieron encima agua hirviendo. La tapa de la tetera se desvía para dar salida al thé, que corrió á nuestras tazas perfumando el salon.

Alegrísimos se pusieron los chinos con nuestras señales de aprobacion, advirtiéndonos que aquella era la primera toma, que seguirian la segunda y la tercera, haciéndose más concentrada y aromática la bebida.

Nuestros sirvientes, acompañados del dueño ó encargado del establecimiento, nos hicieron ver minuciosamente el salon.

Antes nos explicó uno de ellos la manera de servirse las comidas.

En una mesita de las que veiamos, é igual á la en que estábamos sentados, se colocaban los convidados. Del frentede cada uno de ellos parte una fila de platos con manjares; los platos son de mayor á menor, formando el conjunto como los rayos de una rueda, mejor dicho, los platos y platitos forman una estrella. Los platos grandes son para los manjares, los pequeños para los dulces. Sobresale entre las bebidas el sabor del agua-cola, y entre las comidas el de la asafétida. Con eso queda hecha la apología de la cocina de los chinos.

Véamos el salon detenidamente.

Grandes arcos y cornisas de madera calados, figurando pájaros, pescados y flores: lianas que cuelgan de las puertas y parecen temblar con el viento.

En la gotera superior, en delicadísimos bajos relieves, vimos figuras y caractéres que nos dijeron referirse á la vida de Confucio, á episodios de sus viajes y la traslacion de sus sábias máximas.

Al subir del primero al segundo piso para retirarnos, nos detuvimos frente á un mostrador en que se encontraba el director de la negociacion y el dependiente principal.

El primero de estos personajes fumaba su pipa, de pié, pero recostado en el armazon de aquella especie de cantina.

Tenia el director entre sus labios su pipa como de ébano, con boquilla y preciosos adornos de plata. La pipa consiste en un tubo delgado, como de una tercia de largo, y remata en una pequeña cazoleta donde apénas cabrá la yema del dedo meñique: allí está ardiendo una bolita poco mayor que un garbanzo: ese es el opio, que constituye la delicia y que consume la existencia de los chinos.

En el fondo del salon se ven unos pequeños cuartitos consus cortinas: dentro, sobre tarimas, hay grandes cojines; allí se encierran los fumadores de opio.... á olvidar la realidad de la vida.... soñando cosas encantadoras.... Pues, señor.... ¿eh?....

El dependiente tenia entre sus manos una especie de bastidor con alambres horizontales, y en ellos, ensartadas unas cuentas de palo. Eso se llamaabaco.

Empujaba las esferitas aquel chino, como una rezandera ejercitada las cuentas de su rosario.

—Así hacen sus cálculos estos hombres, nos dijo nuestro guía, y resuelven las más complicadas operaciones de la aritmética.

Aventuramos pruebas haciendo preguntas al dependiente, y quedamos sorprendidos de la celeridad y exactitud de los contadores.

A mano derecha del dependiente estaba un pincel y en un trastecito pequeño la tinta de China con que escriben, poniendo unas abajo de otras, letras y palabras en líneas perpendiculares, como todos conocemos.

Al despedirnos, el obsequioso sirviente nos dió las tarjetas del establecimiento, en inglés, pero con su traduccion en chino, para mayor claridad.

El 13 de Febrero es el dia de año nuevo entre los chinos.

Se saluda el dia con salvas, que se hacen quemando manojos de cohetes forrados en badana, que ya conocemos, y que producen el ruido de una matraca, ó como en nuestros fuegos artificiales cuando se quema la parte superior del castillo (bouquet).

Pasean los chinos las calles sacando á luz sus más ricosvestidos: los de los personajes y mandarines valiosísimos.

El Barrio Chino está extraordinariamente animado ese dia; atraviesan sirvientes con largosbambous, de cuyas extremidades cuelgan canastas con viandas y verduras.

Como ya he dicho, al frente del hotel en que habito hay un hospital. Al lado del hospital se ve una pequeña capilla.

Ese dia de año nuevo chino, visitan la capilla. En su centro, y en una especie de altar, dominaba un ídolo negro.

A su frente hacian varias genuflexiones los sacerdotes.

Uno de ellos agitaba en su mano una especie de cubilete, lleno de unos palillos delgados como limpiadientes: despues de agitar el cubilete para que se revuelvan los palillos, los arroja por alto, y al caer, ó por la postura en que se colocan, que suelen formar letras del alfabeto chino, ó por su número, marcan tal augurio, que interpreta el sacerdote y apunta en un papel, hasta que concluido su cálculo, arroja el papel al fuego. Si el augurio es feliz, entónces hay cantos y demostraciones de regocijo. Si es desgraciado, exhorta el sacerdote á la conformidad ó á la penitencia.

En la noche el Barrio Chino está iluminado. En varias tiendas hay una especie de altares que visitan todos los que quieren.

Los chinos se muestran complacidos de las visitas, y obsequian á sus amigos con dulces, bizcochos y Champaña.

Yo entré á una botica china que tiene el aspecto de nuestras malas boticas mexicanas del año de 30. Muchos cajoncitos, botes de barro vidriado y botellones de vidrio ordinario.

En el fondo de la pieza estaba la figura, de Khoing-Theseu ó Confucio, con su bonete de dos altos, su luengo bigote y su barba rala y tendida como una cortina.

A los lados del altar me pareció reconocer á Hoase, madre de Fou-hi, de quien cuenta la leyenda que siguiendo los pasos de un hombre la circuyó el arco-íris y dió á luz al gran rey. El seductor tenia el cuerpo de serpiente y la cabeza de buey.

Díjome el boticario, que hablaba francés con bastante soltura, mostrándome otro retrato: este es Chin-noung, inventor de la medicina, y éste, Hoaug-ti, que escribió sobre ella libros admirables.

Por último, enseñándome con sumo respeto otro muñeco, me dijo: conozca vd. al gran Yu, uno de nuestros reyes más sabios.

El altar, no sé por qué, me recordó á nuestras ofrendas de dia de muertos.

Habia en el altar dulces, panecillos, toronjas de tamaño colosal: entre los dulces y las frutas habia tres candeleros con sus velas de cera, teniendo por pábilo astillas de sándalo. Todo esto se veia al través del humo del incienso, que se quemaba en un braserillo colocado frente al altar.

Esta excursion la hice acompañado de la estimable familia Cima, distinguida más que por su posicion, que es brillante, por su finura y excelentes cualidades.

El boticario nos brindó con unas pipas de hechura particular; constan de dos cajoncitos de metal y un pico levantado por donde se fuma. En uno de los cajoncitos se pone tabaco, en el otro agua hirviendo. Nosotros rehusamos el obsequio, pero dicen que es muy agradable.

El farmacéutico, que parece hombre de instruccion poco comun, invitó á las damas para que hablasen con su señora y sus hijas; pero mostró gran reserva con los hombres, porque los extraños no ven jamás á las chinas de categoría.

En otra vez hablaré de la poblacion china de California, y su significacion en las cuestiones económicas y sociales.


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